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¿Qué es la teoría de la “madre suave”?

¿Qué es la teoría de la “madre suave”?
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Es una teoría muy interesante y muy reveladora acerca de la importancia del apego durante los primeros años de vida.

En su momento proporcionó una nueva visión del comportamiento humano en una época en la que se consideraba inadecuado para el desarrollo psicológico y fisiológico del bebé cargarlo en brazos, besarlo, acurrucarlo, abrazarlo y tener contacto más allá del necesario para alimentarlo.

Una postura que hoy debemos rescatar para plantearnos dónde estamos y hacia dónde vamos en el camino de la crianza.

Quien estudió esta nueva visión ha sido el psicólogo estadounidense Harry Harlow (1905-1981), famoso por sus estudios relacionados con la crianza y la privación afectiva realizados con macacos en la década del '60.

Uno de sus trabajos más conocidos es el que confirma la llamada “teoría de la madre suave” o de la madre subrogada, una investigación basada en el comportamiento de las crías de monos rhesus.

La investigación consistió en separar a las crías de mono de su madre biológica y sustituirla por dos madres artificiales: una fabricada con una red metálica provista de un biberón y la otra confeccionada en felpa y sin alimento.

¿Cuál de las dos madres creéis que prefirieron las crías? Solamente cuando sentían hambre iban a saciar su necesidad con el alimento que les proporcionaba la mona de metal, pero todo el resto del tiempo permanecían junto al calor y la suave textura que les proporcionada la mamá de felpa. Incluso les servía de protección, ya que se acercaban a ella para cobijarse cuando algo les asustaba. No se acercaban a la madre que les proporcionaba comida, sino a aquella que les proporcionaba seguridad.

Cuando las crías eran trasladadas a un nuevo hábitat se aferraban a la madre de felpa hasta que se sentían seguros de salir a explorar por sus propios medios, volviendo siempre a la madre “suave” para buscar reparo. En cambio, cuando las crías eran trasladadas a un nuevo hábitat sin su madre actuaban muy diferente: comenzaban a gritar, a llorar, se chupaban el dedo y buscaban a su “objeto suave” por todas partes.

Cuando se reunían nuevamente con su madre se aferraban a ella sin atreverse a dejarla, lo cual revela que la necesidad de protección está por encima de la necesidad de explorar.

En la imagen de arriba se puede ver cómo el bebé mono acude a la madre sustituta de metal para tomar el biberón, pero sin dejar de tener contacto físico con la madre suave.

Otro aspecto interesante del estudio fue que tanto las crías de la mamá de alambre como las de la mamá de felpa ganaban peso al mismo ritmo pero con una diferencia, que las primera tenían diarrea más frecuentemente. Harlow lo interpretó como que no tener contacto con la madre les significaba a los bebés un estrés añadido que repercutía en su digestión.

¿Qué nos dice este estudio? Por empezar, que la necesidad de contacto es instintiva y básica en los bebés. Luego, que la necesidad de afecto, protección y seguridad que proporciona una madre es superior a la necesidad de alimento. El alimento es importante y necesario, pero no lo es más que el afecto. Nos revela sobre todo la importancia esencial del apego materno durante los primeros años de vida para criar hijos seguros de sí mismos, sanos e independientes.

Rescato una frase del documental de Punset sobre el cerebro de los bebés que me quedó grabada: para que un ser humano sea realmente independiente debe haber sido primero un bebé dependiente.

Traslademos este ejemplo a los humanos y la forma en que criamos a nuestros hijos. ¿Satisfacemos sus necesidades de afecto? ¿Les brindamos la contención suficiente para que sean capaces de explorar el mundo con seguridad? ¿Estamos allí cuando lloran, cuando nos necesitan, cuando buscan la seguridad de unos brazos para calmarse? ¿Intentamos establecer esos lazos afectuosos tan importantes para su desarrollo?

En fin, son muchas las preguntas sobre las que cada padre/madre debe reflexionar intentando buscar sus propias respuestas.

Para terminar, lo que me parece sorprendente es que estas investigaciones hayan salido a la luz hace 50 años y todavía estemos debatiendo sobre si debemos dejar llorar al bebé en la cuna o si lo malcriamos por cargarlo en brazos.

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