Psicólogos infantiles expertos coinciden: "Los niños que ponen nombre a sus peluches no sólo están jugando, en realidad están explorando emociones diferentes"

Los adultos pueden sumarse a esas historias siguiendo la propuesta del pequeño, sin tomar el control

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Redacción Bebés y más

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En casi todas las casas con niños pequeños hay un osito, un conejo o un dinosaurio de peluche con nombre propio. Es algo de lo más habitual, ya que como explica la psicóloga Marjorie Taylor, de la Universidad de Oregón, hasta dos tercios de los niños tienen un amigo imaginario en algún momento entre los 3 y los 8 años.

No es simplemente un juego de niños, sino que detrás hay algo mucho más importante. Al ponerle nombre, el niño se mete de lleno en la historia que está creando, y en ella entran en juego sus sentimientos, los papeles que ve a su alrededor y su imaginación.

Qué significa que un juguete tenga nombre y personalidad

Con un nombre, el peluche deja de ser un muñeco cualquiera y pasa a tener las emociones y el carácter que el niño decide darle: el oso Pepe es un osito miedoso, el conejo Tete es un gruñón y el dinosaurio Mauro nunca quiere irse a la cama. Es lo que en psicología se llama antropomorfismo, atribuir rasgos humanos a algo que no lo es, y el pequeño lo hace sabiendo perfectamente que se trata de un juego.

Gracias a ese juego puede adoptar distintos papeles, como el de mamá, el de médico o el de profe, y aprende a fijarse en lo que necesitan los demás personajes. Si el peluche tiene miedo, lo abraza y lo tranquiliza, y si se ha hecho daño, le pone una tirita, que es justo lo que hacen con él cuando le pasa algo parecido.

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Todo eso forma parte del juego simbólico, el que permite a los niños convertir una cuchara en un micrófono o una caja en un coche, y también jugar a ser otras personas. Suele aparecer entre los 18 y los 24 meses, y vive su mejor momento entre los 3 y los 7 años. Mientras juegan, amplían su vocabulario, aprenden a contar historias y a poner palabras a lo que sienten, y pueden repasar lo que les ha pasado, incluso lo que les ha frustrado y aprenden mucho de empatía, al ponerse en el papel de los los demás.

Pistas para jugar juntos

A muchos padres les apetece unirse a esas aventuras, y la clave está en no adueñarse del juego. Para acompañarlos en estas historias, puedes seguir cinco pautas sencillas:

  • Elección del nombre: el nombre debe ser el elegido por el niño.
  • Preguntas sobre su papel: pregunta por el papel del personaje en la historia.
  • Iniciativa en la trama: deja la iniciativa de la trama en manos del niño.
  • Materiales seguros: procura ofrecer materiales seguros durante el juego, como cajas, mantas o cuencos de plástico.
  • Aceptación de cambios: acepta los cambios en la trama.
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La edad del pensamiento mágico

Que un niño esté convencido de que su osito se pone triste si se queda solo en casa, o de que los muñecos se despiertan cuando se apaga la luz, tiene mucho que ver con el pensamiento mágico, una etapa en la que la fantasía y la realidad se mezclan y que suele coincidir con esa etapa de los 2 a los 7 años. Es una fase normal y necesaria, porque les ayuda a dar sentido a un mundo que todavía no entienden, a calmar sus miedos y a buscar soluciones a sus pequeños conflictos, además de alimentar su creatividad.

Con sus peluches, de hecho, practican cosas que luego usan con otros niños y con los adultos, como compartir, cuidar de alguien o resolver un desacuerdo entre ellos. Por eso, a los padres les toca respetar esa etapa y jugar con ellos, escuchando, siguiendo sus aventuras, y dándoles una explicación sencilla cuando pregunten por algo que no entienden.

Foto | gpointstudio, prostooleh y user23443555 (Magnific)

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