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abrazo familiar

Se nos hace muy difícil pedir perdón, me refiero, a nosotros, los adultos. Pero debemos aprender a pedir perdón, sobre todo a nuestros hijos. Admitir nuestros errores no evita el daño que hemos causado, pero, cuando es sincero y supone una auténtica comprensión del fallo, unida al propósito de cambiar la conducta, si ayuda a quien ha sufrido por nuestra culpa a aceptar lo sucedido, no sentirse culpable por nuestra mala reacción y aprender que, cuando hacemos algo mal debemos disculparnos.

Para los niños pedir perdón es más sencillo. Ellos, si no los hemos presionado con la culpabilidad, saben perdonar. Nos perdonan cuando les gritamos o perdemos los nervios, nos aman igual, pero eso no quiere decir que vayamos a contar con un crédito infinito. Los niños aprenden de nosotros. Las palabras hieren y curan.

Si no les pedimos perdón ellos asimilan que pedir perdón es innecesario o menoscaba su posición, que son menos dignos si lo piden. Por tanto, si nosotros no les pedimos perdón de corazón, unicamente vamos a conseguir, como mucho y presionándoles, que lo pidan con la boca, o que lo usen como una coletilla sin significado. Pero lo que queremos es que sean responsables, no que busquen soluciones fácilonas para imponer sus posiciones.

Debemos aprender a pedir perdón de verdad, a rectificar y a mostrarles a los niños que no somos autoridades que nunca se equivocan. Es mentira, nos equivocamos. Debemos tener presente que también a nosotros nos hubiera gustado que nuestros padres nos pidieran perdón.

Y solamente si aprendemos a pedir perdón contaremos con su verdadera confianza, la de saber que sus modelos en la vida saben admitir sus errores y son capaces de reconocerlos.

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