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juguetes silenciosos

Oh, juguetes silenciosos, grandes olvidados en las estanterías de las tiendas y en los cajones de recuerdos antiguos, ¿qué ha sido de vosotros? ¿Por qué no acudís llenando de ilusión sin estruendo nuestros hogares?

Recuerdo aquellos bebés de trapo que ni tenían articulaciones, ni babeaban ni lloraban, ni falta que hacía. Aquellos cochecitos cuyo único mecanismo sonoro era el rodar por el suelo. Juegos de mesa sin pilas, sin altavoces, sin micrófonos, sin grabaciones.

Presiento que ese sonido continuo, múltiple y variado que suena junto a nosotros (más cuantos más niños haya en la reunión, más con los paquetes de Papá Noel recién desenvueltos), ha de dejar alguna huella más allá del inevitable pitido que se nos queda cuando vamos a dormir, por fin en silencio, cual si llegáramos de la discoteca.

O, peor, la inevitable cantinela que nos queda grabada en el cerebro cuando no nos podemos deshacer de esa cancioncilla, frase o melodía de algún juguete que ha estado junto a nosotros a lo largo del día… “Muy bien, has acegg-ta-do” “Pulsa otra te-cla” “¿Quieres jugar con-mi-goooo?... ¡Noooo! ¡Quiero dormiiirrr! ¡Fuera, fuera de mí, por favor, no quiero soñar contigo!

Prefiero una y mil veces la cantinela que nos queda si las canciones las hemos hecho nosotros, si resuenan las risas de los niños en lugar de sirenas, pitidos, voces de robot y músicas metalizadas.

Hoy que el hogar aparece inundado de huellas sonoras por doquier, sólo deseamos… que pronto se acaben las pilas. Vosotros sois mis grandes añorados, queridos juguetes silenciosos, ojalá seáis más apreciados, aún tenéis mucha diversión, entretenimiento, sueños, magia y… tranquilidad que aportar.

Foto | Flickr (woodleywonderworks)
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