
Una vez el bebé nace se inicia la llamada tercera fase del parto, que es la etapa en que la mujer expulsa de su cuerpo la placenta. Aunque parece que todo el trabajo ya está hecho porque el bebé ya ha salido, se trata de un momento relativamente delicado porque es en ese momento cuando puede producirse una hemorragia posparto, que es la causa de la cuarta parte de las muertes maternas en el mundo.
Como el grado de sangrado se asocia con el tiempo que pasa entre que el bebé nace y la placenta se desprende, se intenta consensuar cuál es el tiempo del que se dispone para esperar a que la placenta salga (tras ello el útero debe contraerse para evitar la hemorragia) y el modo de actuar para que todo suceda con los mínimos riesgos posibles.
Se dice que lo máximo que puede tardar una mujer en expulsar una placenta si se le está ayudando para ello son 30 minutos, mientras que si se espera a que suceda de manera espontánea son 60 minutos. El problema es el de la pregunta que titula esta entrada: ¿Deben los profesionales ayudar para que salga la placenta o es mejor dejar que salga sola?










