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La cara de bobo que se te queda cuando ves que el bebé apenas utiliza el cuco, el moisés, el cochecito, la hamaca, la cuna, etc.‏

La cara de bobo que se te queda cuando ves que el bebé apenas utiliza el cuco, el moisés, el cochecito, la hamaca, la cuna, etc.‏
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Recordando las diferencias entre nuestro papel como padres cuando tuvimos a nuestro primer hijo Jon, que ahora tiene 6 años y ahora que tenemos a Guim, de 5 meses (entre medio Aran, de 3 años) hemos observado estos días que hemos evolucionado (o involucionado) como padres a un punto en el que hemos prescindido de la mayoría de artilugios que compramos con el primero.

En el 2006, padres primerizos que entran con cara de “yoesquenomeentero” a una tienda de puericultura diciendo que dentro de unos meses tendrán a un bebé, salimos literalmente desplumados. Ya me parecía a mí que el brillo de los ojos de la vendedora y el gesto de frotarse las manos eran sospechosos… incluso cuando vi el símbolo de “$” en sus pupilas tuve una rara sensación de que “aquí está pasando algo”.

El caso es que no hicimos caso a nuestro sentido arácnido y, como digo, nos lo llevamos todo (“venga nena, que te lo compro tó”). Ahora nos hace gracia (por llamarlo de alguna manera) recordar la cara de bobo que se te queda cuando te das cuenta, una vez ha nacido el bebé, que apenas utiliza el cuco, el moisés, el cochecito, la hamaca, la cuna, la silla del 3 en 1, etc.

El cuco y todos sus accesorios

Loola y cuco

Este es el cuco que nosotros compramos, porque compramos el Loola, un cochecito que nos gustó enseguida que venía con un chasis y tres accesorios (3 en 1), el cuco, el huevo (más conocido como maxi-cosi) y la silla.

Lo compramos y además compramos un saco para ponerlo dentro y que no tuviera frío y la sombrilla la omitimos porque era invierno, que si no.

Pues bien, creo que lo utilizamos unas dos o tres semanas. Podía ir en el coche, pero aunque el cuco quedaba bien cogido no nos parecía que el niño fuera demasiado fijado al cuco, viendo que el sistema podía ser poco seguro. Como además nuestro hijo enseguida nos demostró que no tenía ni puñeteras ganas de pasar mucho tiempo allí dentro, decidimos enseguida cambiar al maxi-cosi, que en el coche queda mejor, y alternarlo con la mochilita cuando no quisiera ir.

Total, que guardamos el cuco completamente nuevo con la sensación de “nos lo podríamos haber ahorrado”.

El moisés, para unos días

Con el moisés pasó algo parecido, aunque duró un tiempo más por cabezonería nuestra más que por otra cosa. Día a día dormía cada vez peor allí dentro, demandando cada vez más atención. Pero claro, tú recuerdas en ese momento a la chica que tan amablemente te lo vendió todo y piensas: ella se lo vende esto a todo el mundo, o sea, que todos los bebés duermen en uno de estos. Entonces decides que lo estás haciendo bien y que oye, si el niño se queja, ya se quejará menos con el tiempo.

Lo íbamos pasando a la cama para que mamara y, cuando acababa, lo volvíamos a poner en el moisés, que es su “cama”, su sitio para dormir. Con el tiempo el cansancio hizo mella y ya no éramos capaces de estar atentos a cuando acababa la toma, así que al final su “camita” dejó de hacer su función porque empezó a dormir en la nuestra.

Guardamos el moisés completamente nuevo con la sensación, de nuevo, de “nos lo podríamos haber ahorrado”.

La cuna, pues lo mismo que el moisés

Entonces, una vez te das cuenta de que a tu hijo le importa un pimiento que te hayan engañado en la tienda con tanto accesorio, o mejor dicho, que te hayas dejado engañar, te rindes ante la evidencia y das por sentado que, si no duerme en el moisés, menos lo hará en la cuna, que además está en otro cuarto.

Así que ves los juegos de sábanas de ositos, ahí, tan bonitos y bien puestos, esperando a abrazar en la noche al bebé que tenga que dormir en la cuna y te percatas de que tu hijo no quiere ser abrazado por sábana alguna, a menos que esté mamá al lado.

Pues venga, la cuna sirvió de guardajuguetes y de sitio para dejar la ropa que había que planchar hasta que un buen día decidimos darle “matarile”, quedándonos con esa conocida sensación de “nos la podríamos haber ahorrado”.

La hamaquita

En ese punto, o un poco antes quizás, recuerdas la hamaquita, donde los niños pasan bastante rato porque cuando se mueven ellos mismos se balancean y se tranquilizan. Pues y una leche, que el mío sólo consintió hacerse unas fotos en ella sentado y luego dijo que prefería estar sentado en nuestros brazos, no sin antes invitarnos a que nos sentáramos nosotros, a riesgo de quedar encajados en ella.

En definitiva, otro cacharro que estuvo en casa contadas semanas cogiendo polvo y que nos hizo sentir como si estuviéramos viviendo un déjà vu: esto nos lo podríamos haber ahorrado.

La silla de paseo del cochecito

Silla del Loola

Otro de los cacharros que nos sobró porque el niño no utilizó apenas fue la silla del Loola. Nosotros empecinados en utilizar los 3 accesorios del cochecito (el cuco jubilado meses atrás y el maxi-cosi haciendo de sillita de coche, sólo quedaba la silla), pusimos la silla para que fuera ya casi sentado cuando contaba con unos cinco meses.

Nada, el niño estaba un rato sentado mirando a mamá, papá o el cielo y enseguida decía “¿Me bajais de la silla, por favor? Os doy dos segundos de margen”.

Así que acabamos por llevar el pedazo carrito (porque para ser una silla no es demasiado ligera) de paseo, con el niño en brazos. Esto sucedió hasta que un buen día, en un ataque de lucidez o tras una conexión neuronal inesperada decidimos que el cochecito no lo sacábamos más, que para qué.

Esto sucedió hasta más o menos el año y medio, momento en que misteriosamente empezó a apreciar la posibilidad de ir sentado en una silla viendo mundo. Para entonces, esa silla era demasiado grande y pesada comparada con las sillas tipo paraguas, así que la silla del Loola quedó tan impoluta como el resto de elementos, dejándonos esa sensación de (venga, todos juntos al unísono): ¡esto nos lo podríamos haber ahorrado!.

En resumen, si nos ponemos a sumar, entre pitos y flautas se fueron dos mensualidades en cosas que el bebé no quiso utilizar. La cosa fue menos traumática para nosotros porque muchas fueron al final regalos de la familia (es decir, las pagaron otros), pero la cara de bobo, la sensación de haber desaprovechado el dinero y el tiempo en tratar de que nuestro hijo hiciera lo que se supone que tenía que hacer, esa no nos la quitó nadie en mucho tiempo (yo creo que hasta se me ha quedado crónica… imaginad).

Fotos | Jessicafm
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