Antihistamínicos en niños: qué tipos hay y qué tener en cuenta

Antihistamínicos en niños: qué tipos hay y qué tener en cuenta
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Los antihistamínicos son unos fármacos muy empleados en pediatría. Su uso más habitual es el tratamiento de las enfermedades alérgicas, pero también son pautados a veces con otro fin. Como todo fármaco, los antihistamínicos no están exentos de efectos adversos y deben ser siempre pautados por un médico.

¿Cómo actúan los antihistamínicos?

Los antihistamínicos son fármacos que inhiben la acción de la histamina.

La histamina es una sustancia química producida por el organismo. Se almacena en algunas células y se libera cuando es necesaria. En las reacciones alérgicas, por ejemplo, la histamina se secreta y provoca secreción nasal, estornudos, tos, picor...  Además, la histamina también provoca secreción en el estómago.

Para poder ejercer su acción, la histamina debe unirse a unos receptores específicos. Por el momento se conocen 4 tipos de receptores de histamina: H1, H2, H3 y H4.

¿Qué tipos de antihistamínicos existen?

Tenemos básicamente 2 tipos de antihistamínicos: H1 y H2. Los primeros (H1) actúan inhibiendo la acción de la histamina al bloquear el receptor H1. Los antihistamínicos H2 actúan inhibiendo la secreción gástrica.

Dentro de los antihistamínicos H1 podemos distinguir varios subtipos:

  • Antihistamínicos H1 clásicos o de primera generación. Son los más antiguos. Como principales efectos adversos, producen somnolencia y sequedad de boca. En este grupo tenemos por ejemplo la dexclorfeniramina (Polaramine), la hidroxicina (Atarax) o el Ketotifeno (Zastén).
  • Antihistamínicos H1 de segunda generación. Son más modernos. Tienen menos efectos adversos (son mucho menos sedantes) y tienen una acción más prolongada. Aquí encontramos, entre otros, a la desloratadina (Aerius) o la cetirizina (Alerlisin).
  • Antihistamínicos oculares y nasales. Se utilizan de manera tópica: colirio para combatir los síntomas de conjuntivitis alérgica y spray nasal para los síntomas de rinitis.

En el grupo de antihistamínicos H2, que actúan inhibiendo la secreción de ácido clorhídrico en el estómago, se encuentra la ranitidina.

¿Para qué se emplean los antihistamínicos?

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El uso fundamental de los antihistamínicos es tratar los síntomas de la alergia: rinitis, estornudos, picor ocular y lagrimeo, urticaria...

Además de las urticarias (cuya causa más frecuente en niños son las infecciones víricas y no la alergia), los antihistamínicos pueden ser usados en otras erupciones pruriginosas de la piel para disminuir el picor; por ejemplo, brote de dermatitis atópica, picaduras de insectos o eccema de contacto.
Los antihistmanícos H1 de segunda generación, además de usarse en el momento agudo para disminuir los síntomas, pueden emplearse en tratamientos crónicos (por ejemplo, durante toda la temporada de alergia).

Los antihistamínicos también se emplean para tratar los síntomas catarrales o para prevenir infecciones respiratorias agudas, aunque en niños no se ha demostrado su eficacia.

Los antihistmaínicos H1 de primera generación, por su efecto sedante, se emplean en ocasiones a dosis bajas para tratar el insomnio y para prevenir el mareo en los medios de transporte (dimenhidrinato, conocido comercialmente como Biodramina).

Además, el antihistamínico H2 ranitidina puede emplearse para disminuir la secreción gástrica, por ejemplo, en niños con enfermedad por reflujo gastroesofágico.

Efectos adversos de los antihistamínicos

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La mayoría de antihistamínicos son seguros a partir de los 2 años.

Los antihistamínicos H1 clásicos o de primera generación (los más antiguos) tienen más efectos adversos y más marcados. Atraviesan la barrera hematoencefálica por lo que producen efectos a nivel cerebral: somnolencia, mareo y disminución de la atención. Además, estos fármacos pueden actuar sobre otros receptores (no sólo los de la histamina) y pueden ocasionar boca seca, vómitos y diarrea, o por el contrario estreñimiento, retención urinaria, aumento del apetito....

Estos antihistamínicos deben evitarse en niños con ciertas enfermedades de base como epilepsia, glaucoma, hipertiroidismo o enfermedad hepática entre otras.

Además, es frecuente la toxicidad por sobredosificación.

Los antihistamínicos H1 de segunda generación, en cambio, tienen menos efectos adversos y éstos son más leves. También pueden ocasionar mareo, somnolencia, cansancio, sequedad de boca o molestias gastrointestinales pero en un porcentaje mucho menor y más leves que los antihistamínicos clásicos si se usan a las dosis adecuadas.  Además, tienen una acción más prolongada, por lo que es suficiente con administrarlos una o dos veces a día, algo importante especialmente en niños.

Con qué debemos tener cuidado

Como hemos comentado al inicio, los antihistamínicos son medicamentos y, como tal, deberían ser utilizados siempre bajo prescripción médica y para el fin para el que se pautaron.

Los antihistamínicos son fármacos muy útiles para tratar determinadas patologías (por ejemplo para disminuir los síntomas de la alergia), pero también tienen otros usos más controvertidos y de eficacia poco demostrada.

Por su efecto sedante, los antihistamínicos se emplean en cuadros catarrales. Aunque en adultos podría existir una cierta mejoría, en niños hay pocos estudios y de baja calidad y, por el momento, los antihistamínicos no han demostrado ser eficaces para tratar los síntomas del catarro.  Por el contrario, sí tienen claros efectos adversos, por lo que en líneas generales, no debemos emplearlos como anticatarrales en niños (lo explicábamos ampliamente en este reciente post: ¿Por qué los pediatras no recomendamos jarabes para la tos?).

También hemos visto que los antihistamínicos de emplean a veces como tratamiento del insomnio. En muchas ocasiones, el problema de sueño de los bebés reside en que nuestras expectativas y nuestros ritmos de sueño no son los mismos que los de nuestros hijos, pero no existe patología. Cuando existe un trastorno de sueño, muchas veces el tratamiento se basa en  una correcta higiene de sueño y medidas ambientales. Si hay que recurrir al tratamiento farmacológico, un especialista experto en sueño deberá ser quien paute, si lo cree conveniente, un antihistamínico como parte del tratamiento. Este uso de los antihistamínicos está fuera de ficha técnica y existen pocos estudios sobre su eficacia así como su seguridad a medio y largo plazo. Además, suelen ser poco eficaces.

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