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Niños que tienen miedo de los animales

Niños que tienen miedo de los animales
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Los miedos infantiles son muy habituales y responden a situaciones en que los niños no son capaces de controlar a nivel racional un hecho que les pone en alerta. Hay niños que temen la oscuridad, los ruidos fuertes, la soledad (quedarse solos) y los hay que temen a los animales.

Esto es relativamente problemático, porque lo más normal cuando vas caminando por la calle es que te cruces con uno o más perros y quizás algún gato callejero. Si el miedo es lo suficientemente importante, puede hacer que nuestro hijo o hija lleve muy mal lo de salir a la calle, hasta el punto que, a la que vea un perro a lo lejos, se quede paralizado y expectante y opte por esconderse detrás de nosotros, querer cruzar de calle o similar. ¿Qué podemos hacer si nos vemos en esta situación?

Los niños, como los adultos, tienen derecho a tener miedos

¿Os dan miedo las arañas? ¿Quizás temáis la oscuridad? ¿Y las agujas? Porque como enfermero son multitud la cantidad de adultos a los que he pinchado que me han confesado que tienen "pánico" a las agujas. No miran, giran la cara, cierran los ojos, tratan de evadir la mente, hablan y hablan, secuestrados por la ansiedad, y algunos, unos pocos, hasta se desmayan.

Luego acabas y te dicen eso de "si no es nada, si lo peor es que apenas me duele, pero es que no lo puedo controlar". Y la definición no puede ser mejor: no es nada importante, realmente no hay motivos para sentir miedo, pero la emoción es tan fuerte, tan intensa, que son incapaces de controlarla racionalmente.

Pues si los adultos tenemos nuestros miedos visibles y nuestros miedos ocultos, si tenemos nuestras sombras, si tenemos esos recovecos, esos secretos que nunca confesaríamos, pues nos quedaríamos expuestos y frágiles, ¿cómo no van a tener los niños miedos también?

Digo esto porque lo último que tenemos que hacer, como padres, es quitarles el derecho a tener miedos y, en vez de minimizarlo y tratarlo como un "venga, tira, camina, que no hace nada", deberíamos ponernos en su lugar y ayudarles a superarlo poco a poco.

Imaginad un perro enorme

Mirad el tamaño de un niño y poned al lado un perro. Muchas veces el animal es igual de alto que el niño. Imaginad ahora que los perros fueran tan grandes como nosotros. ¿De verdad no os daría miedo ningún perro? Porque hay algunos con unas mandíbulas que mejor no ponerte a imaginar qué son capaces de hacer. Si encima aumentan de tamaño, más de uno se quedaría en casa.

¡Venga, que no hacen nada, camina!

Los padres solemos tener razón cuando a un niño le decimos "no hace nada", porque en realidad, la mayoría de los perros no hacen ningún daño. Como mucho se acercan, te huelen, y a veces si sienten que tienes reparos, que vas con miedo, te pierden el respeto y se acercan con más decisión. Esto puede ser suficiente para que un niño que teme a los animales siga temiéndoles lo mismo, o quizás aún más, porque basta que se acerque para intentar llevarse bien con uno y que éste se le intente subir, se le acerque a chupar las manos o trate de robarle el bocadillo, para que el miedo se apodere de él, se ponga a correr o llorar y el cuadro pueda incluso empeorar, si el perro se va detrás.

Cómo ayudarles

Perrito

¿Cómo ayudarles? Pues del mismo modo que a nosotros nos gustaría superar nuestros miedos, poco a poco, con cariño, y no de golpe. Ya, ya se que hay quien dice que a veces lo mejor es la terapia de choque, pero hablamos de niños y algo muy severo podría ser muy perjudicial. Vale más acercar a los animales a sus vidas desde el respeto, la paciencia y el cariño.

Para ello tendremos que hacer una búsqueda de familiares o amigos con perros y seleccionarlos un poco en base al tamaño y en base al carácter. Lo ideal es empezar con perros pequeños y relativamente tranquilos, para que nuestro hijo vea que no son tan peligrosos como cree. Es muy probable que en una tarde de visita se dé cuenta de que puede convivir con el perrillo y que puede incluso jugar con él, darle de comer, etc. Si en una tarde no hay mucho avance, pues se intenta otro día. Tantos como haga falta para que coja confianza. Una vez coge confianza con uno podemos probar con otro, también pequeño, algo más nervioso, o quizás uno un poco más grande.

Esto lo haremos siempre juntos, es decir, el niño con nosotros, si hace falta en nuestros brazos, para que al ver que nosotros interaccionamos con el perro, y que no nos hace nada, ellos empiecen a preguntarse qué sucedería si hicieran lo mismo.

Es lento, no es algo que siempre se resuelva fácilmente, pero poco a poco van aprendiendo e interiorizando las nuevas vivencias y aprendizajes y perdiendo, a la vez, los miedos.

Fotos | USFWSmidwest, deanwissing en Flickr
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