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Los azotes no sirven para nada (II)

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Supongamos que decidimos que usar los cachetes no es tan malo, que es una simple moda el reclamar para los menores el mismo trato y respeto que se exige hacia cualquier adulto. Pero más allá de lo incalificable que es justificar el castigo físico como método educativo o se acepte que el adulto use la violencia simplemente porque es incapaz de controlarse, porque es violencia nos pongamos como nos pongamos, contra un niño incapaz defenderse, la cuestión de la que hablaremos hoy es la inutilidad completa de esta práctica. Y es que los azotes no sirven para nada.

El azote puede modificar una conducta inadecuada del niño de manera inmediata, eso no se puede negar, si le damos un cachete nuestro hijo posiblemente cese en la acción que realizaba, o quizá le tengamos que dar dos o tres más. Pero la cuestión es que apartarlo delicadamente, interponernos entre él y el objeto que no queremos que toque, o sujetarlo sin pegarle va a tener el mismo efecto.

Además, aunque podamos evitar de manera inmediata ese comportamiento, lo que no consigue un azote es que el comportamiento cambie a largo plazo. Es decir, los niños comprenderán que algo es peligroso, inadecuado o desagradable para los demás mediante el ejemplo, la interiorización de las conductas y las explicaciones empáticas, no mediante un cachete.

De hecho, lo que enseña el cachete es a que te pegan si haces algo, no la razón por la que eso no debe ser hecho. Enseña que el lícito pegar a quien hace algo que no nos gusta sobre todo si somos más grandes y fuertes. Y de paso, enseña a hacer las cosas ocultamente, a no confiar, a engañar si hacemos algo para que no nos pillen. Vamos, que me corrijo, el azote si enseña cosas, pero todas malas.

Curiosamente a los niños a los que se les corrige mediante el cachete suelen repetir las actitudes rechazadas por los padres, aumentan incluso si intensidad y se convierten, poco a poco, en inmunes al castigo, respondiendo solamente a gritos, regaños o azotes cada vez más fuertes.

Al no lograr obediencia, los padres, igualmente, se sentirán sobrepasados con mayor facilidad, teniendo la tentación de aumentar la intensidad del golpe o el castigo, “a ver si así hace caso el niño”. Dar azotes es un camino del que es complicado salirse una vez se comienza. Si al niño le hacemos obedecer con castigos físicos a medida que vaya creciendo o que no haga caso al más leve usado al comienzo, podemos vernos abocados a usar más fuerza cada vez. Y eso no es una buena idea.

Si el comportamiento del niño no se ve modificado mediante los azotes es inutil acudir a ellos. Yo no he constatado que los niños dejen de pegar a su hermanito pequeño o de pintar en las paredes si les dan azotes por ese motivo, lo aprenden mucho antes los niños a los que se educa en la empatía.

Y hay más. Dar azotes es un gasto de energía enorme tanto para padres como para hijos, los agota emocionalmente, les duele. Pero es que además de ser un ejemplo pésimo de resolución de conflictos, no sirve para nada. Sería mejor gastar ese esfuerzo en anticiparse a las circunstancias complicadas, a usar la palabra, al estudio de las características naturales de la evolución de la psicología infantil y técnicas de crianza diferentes. Eso da muchos mejores resultados, eso seguro.

La cuestión no es culpabilizarnos si hemos usado alguna vez un cachete sobrepasados por las circunstancias, ni rechazar a nuestros padres que los usaron, la cuestión es no recurrir a un método de educación que no sirve para nada.

Seguramente habrá quien sienta el deseo de contar alguna anécdota para justificar lo bien que le vinieron a sus hijos unos buenos azotes para dejar de hacer algo incorrecto. La verdad, dudo mucho que nadie, nadie, aprenda que algo está mal si es por miedo a que sus padres lo rechacen o le peguen. Y si hablamos de los azotes leves que veo habitualmente que se da a los niños, como digo, no he visto nunca que sirvan para corregir ese comportamiento más que en ese mismo instante. Todo lo contrario. Más bien constato que el niño repetirá la acción o seguirá desoyendo a sus padres cuando le piden o le indican algo, respondiendo estos con amenazas de darle en el culo y otras cosas que prefiero ni escribir. Y es que no sirve para nada dar azotes.

Vuelvo a lo del ejemplo. Todos queremos enseñar a nuestros niños a comportarse respetuosamente, a no violentar al menos fuerte, a solucionar sus conflictos con negociación y empatía. Sobre todo queremos enseñarles a hablar y no a pegar cuando tengan un problema. Pero sabemos también que los niños, como aprenden de verdad, no es escuchándonos lo que deben hacer, sino viéndonos como lo hacemos nosotros.

Por tanto, sabiendo que nuestro ejemplo es primordial en su educación, mostrarles que perdemos el control, que usamos los azotes para imponernos, que no sabemos conducir un conflicto sin usar la violencia, es el peor modo de enseñarles nada. Si acudirmos al azote lo que aprenden es que los más fuertes tienen derecho a usar las manos y la fuerza para imponer sus criterios y que es lícito perder el control.

Nosotros, sus padres, somos el espejo en el que se miran, el ejemplo que seguirán en su vida. Los azotes no sirven para nada y además, ¿de verdad queremos enseñarles lo que enseñan los azotes?

En Bebés y más | Los azotes no sirven para nada (I)

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