
Como se ha podido apreciar con el trastorno específico del lenguaje, en la logopedia nos encontramos con multitud de confusiones terminológicas. Y la disfasia no iba a ser diferente.
No obstante, el poner una etiqueta a un niño en particular no debe suponer una gran preocupación, ya que cada uno es diferente, y el tratamiento ha de ser en consecuencia, es decir, individualizado. Aunque si es verdad que, entre profesionales, es necesario tener un término útil al compartir experiencias y establecer una primera toma de contacto.
Hoy hablaremos pues de la disfasia: definición y rasgos de diferencia, etiología, síntomas, evaluación, intervención y pronóstico.
Al no existir etiología conocida o síntomas definidos, no queda más remedio que hacer una definición por exclusión, es decir, por lo que no es, señalando sus límites con otros trastornos del lenguaje conocidos.
Por ello, los principales rasgos de diferenciación de la disfasia son:
En realidad, todo depende de cada niño; en algunos, las dificultades lingüísticas son las predominantes; en otros, no son más que uno de los varios desórdenes que afectan al niño.
No existe una causa unívoca de los trastornos generalizados en el cuadro de disfasia, si bien se habla de posibles aspectos relacionales y ambientales, factores constitucionales de base (daño cerebral), posible origen genético…
Desde siempre ha sido muy difícil llegar a un modelo claro que describa los distintos síntomas en alteraciones graves del desarrollo del lenguaje. Esto se debe a que se producen a lo largo del proceso evolutivo y van cambiando de aspecto a lo largo de los años; además, dependen del nivel de las aptitudes del niño, así como de la calidad de las interacciones familiares.
Por eso, se han sugerido diferentes intentos de clasificación para permitir una descripción de síntomas más precisa. Por ejemplo, podemos distinguir niños que hablan mucho con ideas pertinentes, niños que hablan mucho pero que tienen dificultades para adaptarse al contexto, niños que hablan poco pero con información pertinente y, finalmente, niños que hablan poco y cuyo lenguaje es poco operativo.
También se han propuesto varias características descriptivas que se pueden aplicar al lenguaje del niño, independientes de la posible causa que origina las dificultades lingüísticas:
Estos aspectos no son una clasificiación típica de la disfasia, sino posibles formas que pueden presentar las alteraciones graves del desarrollo del lenguaje.
En lo referido a los síntomas que no son lingüísticos, hay que señalar que algunos casos de disfasia se sitúan dentro de un cuadro de deficiencia mental, aunque su importancia no permite justificar la ausencia del lenguaje o las tremendas dificultades de aprendizaje del mismo.
Se observan con frecuencia problemas o alteraciones en la discriminación de sonidos, en la memoria, en la atención, en las actividades de motricidad fina (realizar trazos con un lápiz en caminos, colorear dibujos, abrochar botones…), alteraciones en el esquema corporal y dominancia lateral (diestro o zurdo) y en la percepción visoespacial; las alteraciones de conducta social y reacciones emocionales parecen depender más del entorno que de los síntomas.
Lo más importante es identificar los procesos más alterados y también los que mejor se han desarrollado para construir el mejor tratamiento individualizado para cada caso en particular.
Más que intentar corregir defectos o eliminar barreras, los programas deben adaptarse a cada caso peculiar de aprendizaje que estas perturbaciones definen.
Es imporante facilitar el acceso al lenguaje por parte del niño mediante situaciones privilegiadas de comunicación (como las sesiones individualizadas de logopedia), en las cuales pueda recibir con claridad los elementos lingüísticos que su dificultad no le permite extraer de la estimulación normal del entorno. También se deben tener en cuenta los síntomas no verbales y así reconstruir las bases de la adquisición del lenguaje y sus primeras etapas.
Los sistemas de comunicación alternativa y aumentativa se usan cada vez más, no como último recurso frente al fracaso de otras estrategias de intervención sino de forma precoz cuando existe un alto riesgo de ausencia o casi ausencia del desarrollo del lenguaje oral, ya que no sólo permiten una comunicación alternativa, sino que favorecen la aparición o mejoría del lenguaje oral.
La disfasia es un trastorno compuesto por numerosos déficits no lingüísticos asociados a los trastornos del lenguaje, si bien no se sabe si como causa, consecuencia o diferentes manifestaciones de un mismo problema original o de la combinación de varios trastornos.
Por ello, una intervención debe iniciarse a través de una relación de un terapeuta, un niño y una familia. Se intentará hacer una estimulación global que atienda los trastornos lingüísticos, psicomotores, cognitivos y/o sociales.
Aunque existen muchas evoluciones posibles, hay que ser conscientes que la disfasia constituye un grupo de trastrnos graves cuya recuperación es larga. No obstante, el diagnóstico diferencial es difícil de establecer antes de los 6 ó 7 años, pero la importancia del problema y sus consecuencias aconsejan una intervención a partir de los 3 años si es posible.
Lo importante es evitar que posibles casos de disfasia pierdan años importantes o reciban tratamientos inadecuados, ya que se les han asimilado otro tipo de trastorno.
Foto | koocbor en Flickr
En Bebés y más | Las fases de la adquisición del lenguaje