Nueve frases tóxicas que escuchamos en la infancia y aún afectan la autoestima en la edad adulta

Algunas frases que escuchamos de niños aún hoy siguen moldeando nuestra autoestima y la forma en que nos hablamos

Laura Ruiz Mitjana

Colaboradora

Hay frases que no se olvidan, aunque hayan pasado veinte o treinta años. No porque sean especialmente crueles, sino porque se quedaron instaladas como un eco interior: una voz que, con el tiempo, confundimos con la nuestra. 

Crecimos escuchando esas palabras de personas que, probablemente, también las habían escuchado antes. Pero el hecho de que fueran comunes no significa que fueran inocuas.

Estas son nueve frases tóxicas de la infancia que, si las escuchamos con frecuencia, todavía hoy pueden condicionar la forma en que nos hablamos, nos tratamos y nos valoramos.

Frases tóxicas que escuchamos en la infancia

1) “No llores, que no es para tanto”

De niños, esta frase nos enseñó que sentir estaba mal. Aprendimos a esconder las lágrimas, a desconectar de nuestras emociones para no incomodar. En la adultez, puede traducirse en una dificultad para pedir ayuda, en sentir culpa por llorar o en invalidar nuestro propio dolor con un “hay gente que está peor”. 

Por ejemplo: cuando discutes con tu pareja y te sientes mal, pero te obligas a sonreír y decir “no pasa nada”. Sí pasa. Y negar lo que duele solo lo hace más grande.

2) “Mira tu hermano / tu primo / ese niño, él sí que se porta bien”

La comparación constante enseña que el amor se gana compitiendo. Que ser tú no basta. En la edad adulta, esto se convierte en una voz crítica que repite: “no eres suficiente”. La herida aquí no es la de la competencia, sino la de la falta de reconocimiento. Aprendimos a buscar aprobación externa porque la interna nunca fue suficiente.

3) “Eres un exagerado”

Esta frase, aunque se diga de forma inocente y sin mala intención, es un golpe a la autoestima. Nos hace dudar de nuestras percepciones, sentir que “sentimos demasiado”. 

De adultos, puede manifestarse en relaciones donde permitimos que los demás nos minimicen o en inseguridad a la hora de expresar lo que sentimos. Decir “no, no estoy exagerando, esto me afecta” es una forma de reparar la herida del descrédito emocional.

4) “Si sigues así, ya no te voy a querer”

El chantaje emocional es una de las heridas más profundas del apego. Aprendimos que el amor podía retirarse si no complacíamos. Y así, en la adultez, muchas personas se vuelven complacientes, temerosas del conflicto o dependientes afectivamente. El amor real no se gana portándose “bien”, sino siendo uno mismo. Pero cuesta creerlo cuando de niño te enseñaron lo contrario.

5) “Qué tonto eres”

El insulto cotidiano —aunque se diga en tono de broma— erosiona la identidad. Se instala como una etiqueta que el niño asume como verdad. De adultos, esa frase puede seguir viva en pensamientos como “seguro me equivoco”, “no valgo para esto”, o “mejor no digo nada por si meto la pata”. No eran palabras al aire: eran mensajes al inconsciente.

6) “Deja de hacer el ridículo”

Esta frase enseña vergüenza. Nos programa para reprimir la espontaneidad. Y en la adultez se traduce en miedo al juicio, a hablar en público, a mostrarse vulnerable o creativo. 

Muchos adultos no bailan, no cantan o no se atreven a iniciar una conversación, porque un día alguien —sin saberlo— les enseñó a temer el ridículo.

7) “Los niños buenos no se enfadan”

Negar el enfado es negar el derecho a poner límites. Por eso hay tantos adultos que no saben decir “no” sin sentirse malos. El enfado no es un defecto: es un semáforo que protege nuestra integridad. Reconciliarse con él es una forma de sanar la sumisión aprendida.

8) “Ya eres mayor, compórtate”

Esta frase suele pronunciarse demasiado pronto. A muchos niños se les pidió madurar antes de tiempo, contener emociones que no sabían ni nombrar. Y cuando se crece sin permiso para ser niño, la adultez se vuelve una carga: responsabilidad sin disfrute, autocontrol sin ternura.

9) “Tú puedes con todo”

Parece positiva, pero puede ser una trampa. Porque quien creció escuchándola aprendió a no pedir ayuda, a cargar con todo incluso cuando pesa demasiado. A veces, la fortaleza es solo una máscara del miedo a defraudar. Y aprender a decir “no puedo más” es, paradójicamente, una muestra de madurez emocional.

Sanar las frases que nos rompieron

Reconocer el impacto de estas frases no es culpar a nuestros padres (porque, seguramente - y dejando fuera los casos de maltrato, que ese es otro tema-, lo hicieron lo mejor que pudieron con lo que sabían o tenían), sino romper la cadena. 

La verdadera reparación comienza cuando cambiamos la forma en que nos hablamos: cuando el “no llores” se convierte en “tienes derecho a sentir”, o el “no eres suficiente” se transforma en “estás aprendiendo, y eso está bien”. Porque sí, las palabras dejan huella. Pero también pueden curar.

Foto Portada | Imagen de Freepik

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