Ventajas y desventajas de que los hermanos se lleven varios años de diferencia: mi experiencia

Siempre quise tener tres o cuatro hijos, y que entre ellos se llevaran dos años de diferencia. Así soy yo; planificadora hasta extremos. Pero si algo me ha enseñado la maternidad -entre otras muchas lecciones- es precisamente a no planificar, pues a veces las cosas no resultan tan fáciles como imaginábamos, y debemos dejar que sigan su curso.

Entre mi primer hijo y mi segunda hija hay casi cinco años de diferencia, y entre el primero y el tercero hay seis. En ningún caso, estas diferencias de edades fueron planeadas así, pero hoy estoy tremendamente feliz con ello y con las ventajas que nos aportan cada día. ¡Te comparto mi experiencia al respecto!

Hijo único durante cuatro años y medio

Siempre he dicho que una de las principales ventajas que ha tenido mi hijo mayor con respecto a sus hermanos es el tiempo en exclusiva del que pudimos disfrutar durante cuatro años y medio.

Un tiempo maravilloso de estar el uno junto al otro, de vivirlo intensamente y de aprender juntos. Mi hijo mayor fue mi primer y principal maestro en el camino de la maternidad, y todo lo que ya sabía cuando llegaron sus hermanos fue gracias a él.

Realmente pienso que si ese tiempo en exclusiva hubiera sido más corto, no habría podido disfrutar ni aprender de él en sus primeros años de vida tanto como lo hice.

Un embarazo relajado para mí

Nunca planeé que entre mi hijo mayor y su segunda hermana llegara a existir una diferencia de edad tan grande. De hecho, me quedé embarazada de mi segundo bebé cuando mi niño había cumplido su primer añito, pero desgraciadamente aquel embarazo no salió adelante. Después de ese primer aborto llegaron dos más, y lógicamente el deseo de que los hermanos se llevaran poco tiempo se fue desvaneciendo.

Me quedé embarazada de mi niña pocos meses antes de que mi mayor cumpliera los cuatro años, y dadas las circunstancias médicas de aquel embarazo de riesgo, he de decir que agradecí profundamente tener un peque de cierta edad.

Mi hijo ya estaba perfectamente adaptado al colegio, no llevaba pañales, era bastante independiente en el juego y muy autónomo en su día a día, así que aquello me permitió vivir un embarazo bastante relajado e incluso disponer de tiempo para cuidarme y mimarme.

Un embarazo consciente para él

Él también vivió esos meses de una forma muy especial. Tanto, que aún hoy, cinco años después, lo sigue recordando. Todo su afán era ayudarme, mimarme y cuidar a su hermanita desde fuera: la hablaba, acariciaba mi tripa, se dormía sobre ella y se emocionaba con las patadas del bebé.

Fue una etapa mágica y maravillosa que además nos dio pie a numerosas conversaciones relacionadas con el origen de los bebés, el desarrollo en el vientre materno o la forma de nacimiento.

La situación se repitió con mi tercer embarazo, en donde de nuevo mi hijo mayor se conviritió en un gran apoyo. Para él fue un tremendo regalo poder disfrutar de sus hermanos prácticamente desde el momento en que supimos de su llegada, y hacerlo de un modo tan maduro y consciente.

La madurez del hermano mayor

Cuando mi segunda hija nació, mi mayor ya era muy consciente de la situación y llevaba esperando el momento con ilusión y pleno conocimiento desde hacía tiempo. Creo que quizá por eso todo fue tremendamente sencillo: no hubo agobios por mi parte, ni celos por la llegada del nuevo hermanito. Todo fluyó de forma muy cómoda y natural.

Él estableció rápidamente un vínculo muy especial con su hermana, y se convirtió en mi mejor ayudante a la hora del baño, de la comida o del paseo. Presumía de ella allá por donde iba, y a medida que crecía, mi hija sólo tenía ojos para él.

Cuando me quedé embarazada de mi tercer hijo, la historia se repitió exactamente igual, con la salvedad de que mi mayor ya tenía seis años cuando nació su hermano y eso le confería aún una mayor madurez.

Testigo de excepción

A menudo, recordamos en familia episodios y vivencias de la etapa de bebés de nuestros hijos, y es realmente fascinante escuchar a mi hijo mayor hablar, emocionado, de los primeros pasos de sus hermanos, de lo que sintió el primer día que acompañó a su hermanita al colegio, o los recuerdos de su primera noche de Reyes junto a ellos.

Debido a su edad, todas esas vivencias las tiene muy presentes de forma nítida y consciente. Y es que está siendo un testigo excepcional de todas las etapas evolutivas e hitos de aprendizaje por los que van pasando sus hermanos pequeños.

Un maestro para ellos

Para mis dos pequeños, su hermano mayor es un maestro a quien seguir de forma incondicional y en quien fijarse siempre. No en vano, una de las primeras palabras que aprendieron a decir fue su nombre, y todo lo que él haga es imitado por los pequeños.

Para una madre, es precioso ser testigo de la adoración que los pequeños sienten hacia su hermano mayor, la forma que tienen de mirarle, venerarle y de respetar todo lo que dice o hace.

Él los adora, los cuida, los protege y le encanta ser su maestro. A menudo le sorprendo contándoles cuentos, compartiendo con ellos vivencias del colegio, reflexiones de su jornada, o explicándoles algo sorprendente que los pequeños escuchan con los ojos como platos.

¡Pero ojo!, él no debe ser su cuidador

Como he comentado antes, una de las principales ventajas que encuentro al hecho de que entre los hermanos exista una diferencia de edad grande es que el mayor puede implicarse en las rutinas y cuidados de los pequeños. Pero siempre con medida y sin obligación.

Y es que a mi juicio, podemos caer en el error de creer que el hermano mayor es más mayor de lo que realmente es, y cargarle con ciertas responsabilidades que no le corresponden.

En este sentido, trato de ser bastante consciente de la realidad y de ver a mi hijo mayor como lo que es: un niño de ocho años. Pero confieso que en algún momento he caído en el error de pedirle que "echara un ojo a sus hermanos" mientras atendía una llamada o me daba una ducha rápida, por ejemplo. Y ese no debería ser su cometido.

Lógicamente, cada familia es única y gestiona este punto como considera, además de que nadie conoce mejor a sus hijos que uno mismo. Pero personalmente creo que, aún tratándose de niños maduros y responsables, no debemos olvidar que son tan sólo niños.

En mi opinión, creo que es maravilloso que los mayores se involucren en los cuidados de los pequeños, siempre y cuando salga de ellos hacerlo y no se sientan forzados o en la obligación de demostrar nada a los demás.

Pocos intereses en común

Otra de las desventajas que encuentro al hecho de que entre hermanos exista una diferencia de edad grande, es lo difícil que resulta a veces encontrar actividades que agraden tanto a los pequeños como al mayor. Y es que un plan tan sencillo como ir al cine en familia, por ejemplo, puede convertirse en horas de intenso debate sobre qué película ver.

Por suerte, por el momento mi hijo mayor es bastante conformista y se adapta bien a los planes más infantiles que imperan en la mayoría de las ocasiones. Y aunque sé que muchas veces preferiría estar jugando al fútbol con sus amigos, o disfrutando de una película de Star Wars, no duda en compartir un rato con sus hermanos pequeños en un parque de bolas, o en ver por trigésima vez la película de Frozen.

Aún así, siempre he pensado que un hermano es mucho más que un simple compañero de juegos. Tengo claro que los momentos de diversión entre los tres serán cada vez menores. También sé que a medida que mi hijo mayor cumpla años, se irá distanciando de sus hermanos en cuanto a intereses y aficiones.

Pero lo verdaderamente importante no es tener a alguien con quien compartir un momento puntual de juegos, sino crecer al lado de una persona que vive lo mismo que tú, que te entiende, que te apoya y que será tu principal pilar durante el resto de tu vida.

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