El verano para los hermanos puede ser una maravilla, pero también un reto si aparecen peleas. ¿Cómo gestionarlo?
Hay un momento en el que el volumen sube, los nervios saltan, el “¡mamá, dile que me deje en paz!” se repite como una alarma y tú miras el calendario y piensas: ¿cómo es posible que solo llevemos tres días de vacaciones?
Las vacaciones con niños son un sueño… pero también una reto. Y cuando hay hermanos, ese sueño puede convertirse en Gran Hermano edición verano: todo el día juntos, cero escapatorias, mucho calor y poca paciencia.
¿El resultado? Discusiones que parecen triviales pero que agotan: por quién se sienta en el lado de la ventana, por quién coge antes la pala, por quién habla más alto o respira más fuerte. Pero, ¿qué hay realmente detrás de esas peleas? Spoiler: no es solo aburrimiento.
Discusiones en verano entre hermanos: el arte de encontrarse y separarse
Los hermanos tienen una relación compleja, tan profunda como ambivalente. Son compañeros de vida, sí, pero también rivales por naturaleza. Y en vacaciones, cuando los horarios desaparecen, los padres están más presentes y hay tiempo libre en exceso, esa rivalidad encuentra el terreno perfecto para salir a jugar (o a guerrear).
- Un ejemplo:
Elena, de nueve años, y Pablo, de seis, están en la playa. Han pasado toda la mañana construyendo un castillo. Todo bien, hasta que uno de los dos decide añadir una torre extra y el otro lo interpreta como un ataque a la estructura original. En tres segundos, el castillo está destruido y los gritos inundan la sombrilla.
Desde fuera parece una tontería. Pero para ellos, ese castillo era un símbolo: de control, de espacio, de ser visto. Y ahí está la clave.
Cuando pelean, están ensayando cómo relacionarse
Una pelea entre hermanos no es solo un conflicto: es un entrenamiento emocional. Están aprendiendo a poner límites, a negociar, a perdonar, a frustrarse. ¿Y sabes qué? Lo están haciendo contigo cerca. Por eso, lo que tú hagas en medio de la tormenta, importa.
Pero aquí va lo original: no se trata solo de mediar o separarles, sino de observar qué necesita cada uno en ese momento. No lo que quiere, sino lo que necesita emocionalmente.
Pablo quizás no quiere solo una torre. Quizás quiere ser escuchado. Quizás ha pasado toda la semana viendo cómo su hermana toma decisiones y él no siente que tiene poder sobre nada.
Peleas entre hermanos: ¿qué hacer?
En vez de preguntar:
—¿Por qué estáis peleando ahora?
Prueba con:
—¿Qué ha pasado antes de que esto empezara?
O mejor aún:
—¿Qué estáis intentando conseguir los dos?
Las peleas no siempre se resuelven con justicia, sino con conexión. A veces es más útil decir:
—Veo que los dos queréis construir algo distinto. ¿Podemos hacer dos castillos?
…que obligar a compartir o ceder sin entender qué hay detrás.
Tiempo juntos, tiempo separados
En vacaciones, lo que a veces falta no es convivencia, sino independencia. Aunque parezca paradójico, los hermanos necesitan descansar unos de otros, igual que los adultos necesitamos silencio tras un día ruidoso.
Ofrecer momentos de juego individual, o actividades por separado, es una manera de oxigenar el vínculo. No hace falta irse muy lejos: que uno ayude a cocinar mientras el otro lee, o que uno salga contigo a comprar mientras el otro dibuja en casa, puede cambiar el clima emocional de la tarde.
Verano con niños: aunque la armonía no sea perfecta...
Recuerda esto: las vacaciones no son el momento de lograr la armonía perfecta, sino de sostener los vínculos en medio del caos. No hay manual infalible, pero hay algo que siempre funciona: validar.
Cuando un niño está peleando, lo que necesita no es un árbitro, sino un espejo emocional. Alguien que diga: “Entiendo que estés enfadado, que sientas que no te escuchan”.
No estás fallando si se pelean. Estás acompañando lo que muchos adultos aún no saben hacer: convivir, disentir y reconciliarse. Y eso, aunque no suene muy veraniego, es el mayor aprendizaje que un niño puede llevarse en la maleta de vuelta a casa.
Foto | Portada (Freepik)
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