La autorregulación emocional y la madurez cerebral van de la mano: así es cómo los niños aprenden a regular sus emociones con los años
Si alguna vez has observado a un niño pequeño que explota en llanto porque no consigue lo que quiere o se enfada porque algo no sale a su favor, seguramente te has preguntado: ¿por qué no puede simplemente calmarse?
La respuesta no es tan sencilla como decir “porque es un niño caprichoso”. La neurociencia del desarrollo nos ayuda a entender que la autorregulación emocional es una habilidad compleja que se construye lentamente y que depende del desarrollo cerebral, la edad y el entorno.
Índice de Contenidos (7)
- El cerebro infantil: un motor en construcción
- La autorregulación según la edad: un camino progresivo
- De 0 a 2 años: la dependencia total
- De 2 a 6 años: la lenta construcción del autocontrol
- De 6 años en adelante: afianzando habilidades y hábitos
- ¿Qué significa todo esto para los padres?
- Niños que aún no saben regularse solos: el cerebro tiene la respuesta
El cerebro infantil: un motor en construcción
La autorregulación —la capacidad de controlar emociones, impulsos y comportamientos— no es algo con lo que nacemos plenamente equipados. El cerebro de los niños está en plena formación, especialmente las regiones encargadas del control ejecutivo, como la corteza prefrontal, que es la “oficina central” para planificar, decidir y controlar o gestionar las emociones.
Un estudio de Casey et al., publicado en Trends in Cognitive Sciences, destaca que la maduración de la corteza prefrontal se extiende hasta bien entrada la adolescencia, lo que significa que los niños pequeños carecen de las “herramientas neurobiológicas” necesarias para gestionar sus impulsos y emociones por sí solos.
Esto explica por qué un niño de tres años no puede reaccionar con la calma de un adulto ante la frustración: su cerebro simplemente no está listo. A medida que crecen, estas conexiones cerebrales se fortalecen, y con el apoyo adecuado, aprenden a autorregularse poco a poco.
La autorregulación según la edad: un camino progresivo
De 0 a 2 años: la dependencia total
Durante los primeros años de vida, los bebés no tienen capacidad para calmarse solos. Dependen completamente de los cuidadores que respondan a sus necesidades con empatía y seguridad. Esta interacción fortalece las bases neurales del sistema de regulación emocional, favoreciendo un apego seguro.
Según un estudio de Lengua y Long, las experiencias de calma y atención ayudan a moldear circuitos cerebrales que luego permitirán la autorregulación.
De 2 a 6 años: la lenta construcción del autocontrol
En esta etapa, los niños empiezan a entender y practicar formas básicas de autorregulación, pero aún necesitan mucha guía y contención. Es cuando empiezan a desarrollar la capacidad para esperar, compartir o calmarse ante una frustración, pero su cerebro todavía no puede hacerlo de manera autónoma.
Por ejemplo, cuando un niño de cuatro años se ríe en un momento inapropiado o tiene una rabieta, no está siendo rebelde sino que está intentando gestionar emociones que aún le superan. La neurociencia muestra que esta es la fase en la que el “cerebro emocional” (amígdala) está muy activo, pero el “cerebro racional” (corteza prefrontal) todavía no domina.
De 6 años en adelante: afianzando habilidades y hábitos
Con la escolarización y la socialización, el cerebro sigue perfeccionando las conexiones para la autorregulación. Pero no basta con que el cerebro esté madurando; los niños necesitan apoyo externo: modelos de adultos calmados, rutinas estables y técnicas prácticas para gestionar emociones.
Un estudio de Blair y Diamond (2008), publicado en Development and Psychopathology, resalta que la autorregulación emocional se nutre tanto de la biología como del aprendizaje y la experiencia social, y que las intervenciones tempranas pueden potenciar estos procesos.
¿Qué significa todo esto para los padres?
Entender que la autorregulación no es innata ni instantánea puede cambiar la forma en que acompañamos a los niños en sus emociones. No se trata de exigirles “que se calmen ya”, sino de ofrecerles apoyo emocional, enseñanzas graduales y paciencia.
Por ejemplo, cuando un niño pequeño muestra un enfado intenso, podemos decir: “Veo que estás muy enfadado, vamos a respirar juntos para calmarnos”. A veces no será suficiente, pero otras, sí; y este simple acto de conexión y guía activa la corteza prefrontal y ayuda a que poco a poco pueda controlar mejor sus emociones.
Vayamos con un ejemplo; imagina a un niño de tres años que está aprendiendo a montar en bicicleta. Al principio se cae, se frustra y llora porque no consigue mantener el equilibrio. Su cerebro está trabajando duro para coordinar y controlar esos movimientos, pero también para gestionar la frustración.
Con apoyo, paciencia y pequeños descansos, aprenderá a regular sus emociones y a persistir. Así es como el cerebro crece, paso a paso, aprendiendo a autorregularse.
Niños que aún no saben regularse solos: el cerebro tiene la respuesta
En definitiva, la autorregulación emocional es una habilidad que se construye desde la infancia y que depende del desarrollo cerebral y el entorno.
La neurociencia nos recuerda que los niños no “no saben calmarse” porque simplemente su cerebro aún no tiene la madurez para hacerlo solos, y que nuestra paciencia, empatía y guía son claves para acompañarles en este viaje.
Ser conscientes de esto nos invita a cultivar espacios seguros y relaciones afectivas que nutran la inteligencia emocional y el neurodesarrollo de nuestros hijos.
Foto | Portada (Freepik)
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