"No lo estoy haciendo bien": cuando el síndrome del impostor acecha a los padres en la crianza

"¿Y si no lo estoy haciendo bien?", "eso no es mérito mío" (aunque sí lo sea) ¿Te suenan estos comentarios? Suelen surgir en los papás y las mamás que sufren el síndrome del impostor durante la crianza.

Hablamos de un sentimiento de duda generalizada, inseguridad e incompetencia, a pesar de que la evidencia nos dice que tenemos capacidades de sobra para cuidar bien de nuestros hijos, y que así lo hemos demostrado con logros objetivos.

Sin embargo, al sufrir el síndrome del impostor nos sentimos impostores como buenos padres o buenas madres. ¿Por qué ocurre, cómo se manifiesta y qué podemos hacer?

El síndrome del impostor: no reconocer los propios méritos

Este síndrome, también conocido como "fenómeno del impostor", implica que la persona es incapaz de reconocer sus propios logros y valía personal. La persona se siente como una impostora de su vida (o de su trabajo), y estas inseguridades le llevan a tener miedo de ser "descubierta".

En el síndrome del impostor, la persona se siente como una impostora de su vida (o de su trabajo), y estas inseguridades le llevan a tener miedo a ser "descubierta".

Así, aunque la persona logre tener éxito, cumplir sus objetivos o hacer las cosas bien, siente incredulidad ante todo esto y atribuye sus logros a la suerte o al azar, a que le han ayudado, etc.

Es importante puntualizar que no se trata de un diagnóstico oficial recogido en los manuales de psicología de referencia, sino que engloba más una experiencia y una serie de características comunes en muchas personas.

Pero, ¿qué hay detrás del síndrome del impostor? Suele haber una baja autoestima, falta de seguridad personal, traumas de la infancia, pérdida de la confianza en uno mismo por determinadas vivencias (por ejemplo, bullying), etc.

También, haber tenido padres muy críticos, autoritarios o extremadamente exigentes, que hacían sentir a su hijo que "nunca era lo suficiente". O incluso, ser una persona muy perfeccionista y con un diálogo interno muy negativo y crítico.

Cuando el síndrome del impostor aparece durante la crianza

Se suele relacionar este síndrome con el ámbito laboral, para referirse a aquellas personas (sobre todo, mujeres) que, tras un éxito profesional, se sienten impostoras de su propio éxito y no logran reconocer que es fruto de su esfuerzo.

Sin embargo, también puede aparecer en la crianza. Aparece sobre todo en las mujeres, aunque los hombres también lo pueden experimentar.

Es habitual en personas muy perfeccionistas y exigentes con la crianza, que tienen miedo a equivocarse con el ser más importante de su vida que es su hijo, y que les lleva a manifestar los siguientes síntomas

1. Dudas e inseguridades: ¿lo estaré haciendo bien?

Uno de los síntomas del síndrome del impostor en la crianza son las dudas y las inseguridades. Aunque se invierta esfuerzo, tiempo y dedicación a los niños, sigue asaltando la duda de "¿lo estaré haciendo bien?". Parece que nunca, nada, sea suficiente, y que dudemos de todo, aunque haya indicios claros de que sí, lo estamos haciendo bien.

2. Dificultades para reconocer los propios logros

La maternidad (y la paternidad) tiene momentos de todo tipo, algunos realmente difíciles. Ir superando esas dificultades son pequeños logros que el papá o la mamá va acumulando, pequeños retos que va superando y objetivos que va cumpliendo.

Sin embargo, estas personas son incapaces de reconocer que, efectivamente, lo están haciendo bien. Y si se dan cuenta de que han superado una adversidad o han tenido un pequeño "triunfo" con la crianza de sus hijos, lo atribuyen a la suerte o lo relativizan ("no hay para tanto", "todo el mundo lo haría"...). En definitiva, se "quitan el mérito" (les cuesta reconocer esos logros).

Las personas con el síndrome del impostor, si se dan cuenta de que han superado una adversidad o han tenido un pequeño "triunfo" con la crianza de sus hijos, lo atribuyen a la suerte o lo relativizan.

3. Miedo a ser "descubiertos"

Es curioso porque, aunque no hay nada que "descubrir", estas personas así lo sienten. Sienten que viven en una mentira, como si esa vida no les perteneciera o estuvieran viviendo la vida de otra persona (una persona que sí se merece lo bueno que le está pasando, como lo es tener hijos, criarlos, etc.); en definitiva, se sienten como si fueran impostoras de su propia vida.

Los consejos no pedidos pueden acentuar el síndrome

"¿No le das el pecho?", "No le hagas dormir así", "Dale menos biberón", "No debería dormir la siesta", "¿Por qué le dejas llorar?", "Déjale llorar", "No es bueno que esté tanto tiempo en brazos de mamá"...  ¿Te suena?

Desde que nace la criatura, las madres reciben constantemente comentarios, cuestionamientos y consejos no pedidos a la hora de criar. Y esto puede acentuar aún más el síndrome del impostor.

Si ya de por sí, el postparto es un momento de vulnerabilidad (y más allá del postparto, la crianza, aunque gratificante, tampoco es fácil), imaginad si además las mujeres debemos aguantar este tipo de comentarios.

Sumados al miedo a "hacerlo mal", a la autoexigencia, el cansancio... Todo esto puede hacer que, al hacer las cosas bien, no lo reconozcamos o pensemos que es insuficiente. Esto, lógicamente, es agotador.

No es necesario ser un papá o una mamá perfectos

Al final, lo que las criaturas necesitan son unos padres amorosos, disponibles y presentes, que cubran sus necesidades físicas y emocionales.

Y esto pasa por ser padres que también se equivocan, se cansan y se descontrolan en algún momento. Recuerda, no hace falta ser un super papá o una super mamá para ser lo mejor para tu hijo, porque ya lo eres siendo tú.

¿Cómo afrontar el síndrome del impostor durante la crianza?

Primero de todo, y sobre todo si eres un papá o una mamá primeriza, reconoce tu vulnerabilidad y abrázala. Reconoce que tienes dudas, y miedo, y que no pasa absolutamente nada.

Debes saber que, en esos casos, siempre podrás pedir consejo o ayuda, y que no tienes por qué pasar por esto solo (o sola). Empieza a soltar el control y la autoexigencia con tus hijos, y permítete equivocarte. Por otro lado, intenta identificar aquellas cosas que sí hiciste bien, aquello que se te da bien con tus hijos, tus fortalezas.

Y reconócelas, refuérzate por ello. Recuérdate a ti mismo que ¡lo estás haciendo bien! Y que, el hecho de que cuides bien a tus hijos, no es cuestión de suerte, sino de una presencia y un amor llenos de intención.

Foto | Portada (Freepik)

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