Tratando de que nuestros hijos no sean adultos mediocres‏

Hace unas semanas escribí una entrada en la que quise recordar un poco cómo fue mi infancia y la de muchos niños, cuando se nos educaba para obedecer, entendiendo así los adultos que de ese modo seríamos unos niños bien educados.

Siguiendo un poco con el tema de dejar que los niños puedan equivocarse quiero hablar hoy de la importancia de dejarles libertad para vivir y libertad para escoger y para vivir su propia vida, algo que es clave para evitar que acaben siendo adultos mediocres.

El mundo está lleno de adultos mediocres

Creo que no estoy descubriendo nada nuevo cuando afirmo que el mundo actual está lleno de gente mediocre o, si no tanto, gente que está haciendo algo con lo que no disfruta o que, de haber podido realmente elegir, estaría haciendo algo muy diferente.

Somos muchos los adultos que, a la pregunta de “¿Te gusta tu vida, te gusta tu trabajo?” respondemos que sí, que no nos podemos quejar (siempre hay alguien que está peor, claro). Sin embargo somos muchos también los que, a la pregunta de “¿Es esta la vida que querías vivir, es este el trabajo que querías desempeñar?”, respondemos que quizás habríamos preferido llevar otra vida, o que quizás habríamos escogido otro trabajo.

Son pocas las personas que responden que “estoy trabajando en aquello que quería” y la consecuencia de ello es que hay poca gente que haya alcanzado la excelencia porque el que hace aquello que no deseaba realmente nunca hará igual las cosas que aquellas personas que se dedican a lo que quieren.

Los niños tienen que poder elegir, para llegar a la excelencia

Solo cuando un niño puede elegir, solo cuando vive la vida que quiere vivir podrá un niño llegar a la excelencia. La mejor manera de ser brillante es hacer las cosas que te motivan, que te gustan. Hacer un trabajo que no te motiva o hacer un trabajo con el único incentivo de cobrar a fin de mes hará que nos alejemos de la excelencia y nos acerquemos a la mediocridad (según la RAE, mediocre significa “De calidad media” y “De poco mérito, tirando a malo”).

Cada niño viene al mundo con unas habilidades, con un potencial, con unas inquietudes. Si no las aprovecha, si no las utiliza, si no hace crecer ese potencial, es muy probable que el niño se convierta en un adulto infeliz, o al menos en uno no completo, no contento con su vida, de esos que sienten un vacío, un anhelo, un adulto de los que al llegar a la vejez dicen aquello de “si pudiera volver a vivir, lo haría de otro modo”.

Siempre que hablo de este tema pongo el ejemplo de mi hermano pequeño. Al acabar el instituto, cuando toda la familia esperaba que hiciera la selectividad para acceder a una universidad (cinco hermanos mayores que lo habían hecho avalaban el camino), decidió que él quería bailar salsa.

A mi padre casi le da una embolia, mis hermanas le “acorralaron” mirando la bola de cristal y anticipándole más de cientosiete desgracias, siendo la cientoocho que probablemente moriría de hambre antes de llegar a los treinta.

En ese momento podría haber hecho caso de toda la familia (bueno, yo le dije que apoyaba su decisión si era lo que le gustaba) y vivir la vida que los demás querían que viviera, estudiando una carrera y trabajando asalariado en lo que fuera, siendo un mediocre más, pero él decidió que “por aquí me entra y mejor no os cuento por dónde me sale”.

Bailó salsa, empezó a arbitrar partidos de fútbol (¿Árbitro? A mi padre casi le da otra embolia) y llegó a ser campeón de salsa en España en tres ocasiones. Siendo campeón de España llegó a viajar a Oregón para participar en el campeonato del mundo quedando en quinta posición y desde entonces tanto te lo puedes encontrar en cualquier ciudad de Cataluña como en Milán, donde también pasa alguna temporada cada año.

Se dedica ahora a dar clases de baile y tiene en casa varias copas, medallas y trofeos que, de haber hecho una carrera, nunca habría conseguido. Ahora claro, sólo puede decir una cosa: “que me quiten lo bailao”. Mi padre está orgulloso de él y es la envidia de la familia porque hizo lo que quería, lo que sentía y lo que le motivaba.

Veo con tristeza como algunos padres toman el control de la vida de sus hijos desde que nacen hasta que ya son casi adultos: “Esto sí, esto no, esto hazlo así, esto hazlo asá, hazme caso, es por tu bien, diles que no, diles que sí, no vayas con este amigo, no me gusta tu novia, si vas con ese esta noche no sales, etc.” ¿Cómo va a crecer un niño, cómo va a madurar, si vive la vida que nosotros queremos que viva? ¿Cómo va a aprender lo que está bien y lo que está mal si nunca puede equivocarse decidiendo?

¿Cómo va a llegar a la excelencia, cómo va a lograr su máximo potencial, si en vez de hacer lo que más le motiva hace lo que más nos motiva a los padres?

Foto | Strocchi
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