La intimidad en el postparto es una necesidad normal

Armando publicó recientemente una noticia sobre un padre al que no permitieron alimentar a su hijo en la sala de lactancia en un hospital. Aparte de las circunstancias del caso particular, verdaderamente lamentable, hay determinados hechos que ni el entorno familiar ni los hospitales deberían ignorar. Uno de los principales es la necesidad de intimidad de la mujer que acaba de dar a luz.

Las necesidades emocionales de madres y recién nacidos son una parte fundamental de la atención a su salud. Hoy por hoy se sabe, además, que la satisfacción y la felicidad influyen enormemente en el estado físico y en la capacidad para remontar problemas médicos. Todo eso debería, como he dicho, ser tenido en cuenta por la familia y por el entorno sanitario, considerando que crear el ambiente adecuado para la salud emocional es una de sus obligaciones fundamentales.

Si hablamos de madres recién paridas la cuestón es muy importante. La hembra humana y su cría son mamíferos. Instintivamente precisan un parto y un puerperio en intimidad, sin interrupciones, sin desconocidos, sin intromisiones innecesarias. El parto ideal sucedería en la penumbra y con la atención, cuando fuese precisa, solamente de personas de máxima confianza para la mujer. El puerperio y el comienzo de la lactancia no son diferentes. Madre e hijo, piel a piel, sostenidos por los más cercanos pero en una burbuja en el que las hormonas fluyan y refuercen el vínculo creado en el momento del parto en aquella primera mirada. El lugar adecuado sería el que nos haga sentir en una guarida, un nido o una cueva. No una sala comunal llena de gente desconocida.

La lactancia materna es un proceso físico, pero también tiene repercusiones hormonales y emocionales. Interrupciones, tensión, visitas, aparición de desconocidos, todo eso influye negativamente en su correcta implantación. Y además todo eso supone, muchas veces, sensaciones desagradables e inexplicables para la madre.

La mujer que no amamanta o que está teniendo dificultades para dar el pecho necesita las mismas atenciones y un entorno plácido e íntimo, casi diría que hay que mimar esto más todavía, pues las hormonas que su cuerpo produce causan sentimientos muy intensos. La madre puérpera y su hijo son seres únicos que necesitan un nido seguro donde sentirse protegidos.

Cuando nació mi hijo y estaba en la incubadora me dejaban estar con él cada tres horas. No mamaba apenas, abría la boquita y se aletargaba. Me sentía perdida y ausente. El día que estuvo ingresado antes de que me lo dieran en la habitación, y eso que solamente sería un día, le daba el pecho en una sala al lado de Neonatos con otras mujeres. Todo el mundo me molestaba. Yo sentía que necesitábamos un lugar obscuro, silencioso y que era indispensable estar en soledad. Mi instinto me lo pedía. La habitación en el hospital se convirtió en un lugar angustioso por las visitas permanentes y multitudinarias de mi compañera de cuarto y la falta de sensibilidad del personal sanitario.

Los hospitales deben servir para cuidar el cuerpo pero sin dejar de lado la salud psicofísica. Las necesidades emocionales y de intimidad de una mujer puérpera son importantísimas para el vínculo, la lactancia y la prevención de depresiones. Debemos velar para que se sienta protegida y feliz.

Los bebes necesitan contacto físico permanente con sus madres siempre que no haya verdaderos problemas médicos que impidan el método canguro. Los padres deben poder estar con las madres y los bebés todo el tiempo para sostenerlos. Si los hospitales no cumplen con esta importante parte de la atención al parto y al postparto están fracasando.

En esta primera etapa suele suceder que las mujeres sientan que han perdido el control sobre algunas de sus emociones y se asustan al no entenderlas. El que una madre se sienta rabiosa o asustada si otra persona toma en brazos a su hijo es normal, completamente normal. El que una madre sienta deseos de esconderse de la vista de todos es normal también. Incluso hay madres que desean oler todo el cuerpo del bebé y hasta de lamerlo, y eso, aunque nos asombre, es un instinto normal. Ser mamíferos y animales es parte de nosotros. Aceptar esa parte no nos convierte en menos civilizados o humanos. Nos ayuda a integrar las sensaciones nuevas y a ser nosotros mismos.

Imaginemos una leona con sus cachorros, una loba en su guarida, una gallina que empolla. La mujer humana tiene derecho a sentirse como ellas. Y los que las rodeamos le hacemos flaco favor si no creamos un entorno adecuado a su naturaleza en estos momentos. Si la mujer se siente así no está loca, no es una exagerada, no está haciendo nada malo. De ningún modo hay que cuestionarla ni hacerla sentir culpable. Lo que siente es lo que siente. Es una hembra con su cría recién nacida.

No tiene nada de malo el querer que nuestra sociedad se adapte a esta faceta de la femineidad. Ser mujer es también ser hembra. Y cuando se es madre reciente la hembra que llevamos dentro sale con toda su fuerza.

Muchas mujeres sufren en el postparto de sentimientos encontrados de felicidad y desasosiego. Algunas caen en depresiones incluso. En general podemos encontrarnos con que muchas madres recientes lloran, tienen miedo y sienten rechazos intensos a las intromisiones. Y, como decía, eso también es normal. Obligatorio no, pero si sucede, es conveniente saber respetarlo.

Al regresar a casa la situación no tendría ser diferente. Las visitas pueden esperar. Quien venga a casa deberían ser personas que no produzcan tensión emocional a la madre, que no la cuestionen ni cojan al bebé si ella no lo desea. Y no estaría mal que estén dispuestas a cargar con las tareas del hogar que la puérpera no está en el momento de poder atender.

Era habitual en muchas culturas ancestrales que la madre recién parida se apartara de la comunidad. Esto tiene una explicación. Hay múltiples variantes pero es un rasgo cultural que está bastante extendido. Un ejemplo, generalizando, sería el de una madre que se aloja en una choza algo retirada del poblado. Pasa la "cuarentena" con su bebé, sin ocuparse de nada que no sea el pequeño, atendida y cuidada por otras mujeres de la familia que ya han sido madres hasta ir, poco a poco, reintegrándose a la vida normal.

Si hiciésemos una trasposición de esa situación a nuestra vida actual un puerperio bien atendido sería aquel en el que la madre puede dedicarse con exclusividad a su bebé, alimentándolo, piel a piel continuamente, contenida y sostenida por su pareja. Y en intimidad. Otras personas, el padre o personas de enorme confianza, cuidarían de la casa, los otros hijos y la alimentación hasta que madre y bebé pasaran ese primer mes agotador, desconcertante y maravilloso.

Este ideal no es siempre posible. Pero tratar de conseguirlo, en la medida de las posibilidades de cada familia y centro médico, seguro que ayudaría a que las madres y sus bebés comenzaran el camino de la vida mejor. La necesidad de intimidad de los primeros días es algo que ni las familias ni los centros médicos deberían ignorar.

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