Criar sin azotes: nuestros padres y nuestros hijos

Comencemos por el principio. Si deseamos criar a nuestros hijos sin azotes, sin gritos y sin castigos debemos analizar la forma en la que nos educaron y abrir el corazón a el niño interior para recuperar los sentimientos y pensamientos que teníamos entonces.

Nosotros, de niños, sufrimos si nos pegaron, aunque fuera un azote. Por supuesto que sufrimos. Cuando nos menospreciaron o impusieron obediencia sin explicaciones, sufrimos. Sufrimos cuando, llevados a una situación incompatible con las necesidades naturales de los niños, nos “portamos mal” y nos llevamos un grito o un pescozón por ello. Sufrimos porque ningún niño merece que se le trate de manera menos respetuosa que un adulto, sus derechos son los mismos y ellos, si nadie les priva de esa idea, están convencidos de ello.

¿Hemos asumido que nuestros padres se equivocaron cuando utilizaron los azotes y los gritos de manera consciente o por falta de recursos? No es un paso sencillo pero es indispensable, si consideramos que el niño que erámos merecía ese trato entonces estamos condenados a repetirlo con nuestros niños. Pero si somos capaces de asumir que aquella no es la forma en la que deseamos que crezcan nuestros hijos y hemos decidido usar herramientas como la empatía y el respeto estamos en buen camino.

Existen herramientas que nos pueden permitir controlarnos cuando el niño nos tiene desbordados y sentimos una rabia que asciende por la garganta, nos llena la cabeza de latidos intensos y nos hace explotar. Nosotros somos los responsables de nuestra falta de autocontrol, no el niño, pues precisamente ellos no actuan para hacernos enfadar en las relaciones emocionalmente sanas.

Los niños son niños, tienen necesidades diferentes a nosotros los adultos, ritmos y reacciones normales en ellos. Y desean ser amados, cuidados, escuchados y atendidos por nosotros. Las situaciones que viven pueden hacerles actuar de manera molesta y hasta incorrecta moralmente o peligrosa, pero nuestra función primordial no es la punitiva, sino la educativa, y sobre todo, somos los responsables de conseguir para ellos ambientes y entornos naturalmente adecuados para ellos.

Cuando un padre o una madre sienten esa ira ascendente descargan en el niño una frustración y un enfado intenso, pueden notar esa violencia interna que solamente se calma cuando el niño se rinde y llora. La mano no se escapa para dar un azote llena de amor y ternura, se escapa enfurecida y harta. Demasiado. Si no fuera así no perderíamos el control.

Me pregunto a veces si es que estamos vengando del dolor de nuestro niño interior en el hijo y solamente nos sentimos saciados cuando le vemos llorar como llorábamos nosotros?

Volveremos a esta cuestión en temas siguientes, pues este enfado que se desencadena cuando estamos sobrepasados y toma las riendas de nuestras acciones podemos domarlo, controlarlo y buscar estrategias de vida y hasta trucos para mantenerlo controlado.

Pero antes quiero analizar un poco mejor la causa fundamental por la que los padres comienzan a usar el azote: las rabietas. Los niños de aproximadamente dos o tres años, como nuestro pequeño del ejemplo del supermercado, tienen rabietas.

Estas no son un recurso para reclamar lo que piden en ese momento, la chuchería o los brazos. El detonante puede ser cualquier cosa, que quiere beber en un vaso de otro niño, que no le gusta la merienda que le hemos dado, que hemos quitado el tapón de la botella cuando querían quitarlo ellos, o simplemente que no nos acordamos del la letra de una canción. Todas esas situaciones las he vivido con mi hijo o con hijos de mis amigos, y la razón real de la rabieta nunca era esa.

Un niño con una rabieta pide una cosa muy importante, indispensable para él, algo que no hemos sabido darle cuando le era necesaria: la atención. El malestar es tan grande que explota en un terremoto de emociones desatadas, y usualmente se mezcla además con una necesidad física que nosotros, los adultos responsables de su bienestar, no hemos previsto: hambre, sueño, agotamiento, sed…

Cuando un pequeño tiene una rabieta lo que necesita es amor. El motivo es lo de menos, la rabieta reclama nuestra atención consciente, centrada, abierta y sin juicio. La rabieta pide amor y debemos saber darlo del modo que el niño precise: con un abrazo, con brazos, con cercanía o a veces con la presencia pero sin tocar o mirar siquiera. Una vez pasa la rabieta y el niño, tarde un minuto o diez, ha sacado toda la carga emocional, la adrenalina y la tensión acumulada, estará preparado para recibir todos los mimos que antes quizá no le dimos.

Llegados hasta aqui ya no parece tan imposible aprender a criar sin azotes y sin perder el autocontrol. Veremos, como os he prometido, muchas estrategias de prevención que nos van a ayudar a conseguir manejar mejor nuestras emociones negativas y ofrecer una educación más empática a nuestros hijos.

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