Bocado de realidad: Síndrome de Down

A raíz del post de las pruebas de cribado del Sindrome de Down me han venido a la mente algunos recuerdos y algunas preguntas y pensamientos.

He recordado una historia que me marcó bastante, tanto por el resultado final, como por la cercanía de la misma.

Los afectados fueron mi prima y su marido cuando quedaron embarazados de su primera hija, Ángela. Le realizaron el Triple Screening y el resultado fue de un riesgo importante de Síndrome de Down. Le he preguntado a mi prima si recuerda el porcentaje, pero lo ha olvidado, pese a asegurarme que era elevado. Le recomendaron realizarse una amniocentesis. Se negó por el riesgo de aborto de la prueba. Repitieron el Triple Screening y el resultado desmintió el riesgo de Síndrome de Down pero arrojó un nuevo número, una nueva probabilidad. Ángela tenía bastantes números de tener espina bífida.

Decidieron seguir con el embarazo, se mentalizaron para amarle, pasara lo que pasara.

El día del parto nació Ángela, sin Sindrome de Down, sin espina bífida... evidentemente la alegría fue inmensa, pero no era ese el quid de la cuestión. Ellos decidieron que su bebé nacería, y por eso no se expusieron a una amniocentesis y a su 0,5% de riesgo de aborto, que significa que 1 de cada 200 mujeres sometidas a la prueba abortan. Podrían haber sido ellos, podrían no haber sido...

Hasta entonces yo nunca me había planteado mi decisión ante un caso así, ¿qué haría yo como padre? Recuerdo decidir para mis adentros que no, que la parte que me concierne en esta decisión de pareja, mi respuesta sería un no. No abortaría.

Después conocí a mi mujer, y me dijo lo mismo. ¿Acaso no íbamos a quererle igual? ¿Acaso no merecen nacer? ¿No merecen vivir?

Las decisiones al respecto, evidentemente, son muy personales. Cada pareja escoge lo que considera mejor. Es cierto que son niños que requieren mucha atención, pero... ¿¡¿qué niño no requiere toda nuestra atención?!?

Todos los niños precisan de nuestros brazos, de nuestro cariño, de nuestra comprensión y nuestro diálogo. Todos tienen ritmos de crecimiento y de desarrollo diferentes. En nuestra mano está entender que cualquier niño, tenga Síndrome de Down o no, merece una oportunidad en la vida para dar y recibir amor.

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