Sigmund Freud, sobre los hijos: "No hay necesidad en la infancia tan fuerte como la protección de un padre"

Sigmund Freud

Detrás está su idea de la indefensión infantil y de una protección que, bien entendida, también prepara a los hijos para la autonomía.

Redacción Bebés y más

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La reflexión de Sigmund Freud sobre la infancia parte de una idea sencilla: cuando somos pequeños, necesitamos sentirnos protegidos frente a un mundo que todavía no sabemos comprender ni controlar. En 'El malestar en la cultura', obra fundamental publicada por el psicoanalista en 1930, relaciona esa sensación de desamparo con la búsqueda de una figura que transmita seguridad. Y por supuesto no hablamos de una protección solamente física, sino que también influye en cómo vivimos los vínculos y desarrollamos nuestra relación emocional con los demás. 

La presencia de un padre que acompaña, ofrece apoyo y establece límites contribuye a que un niño se sienta más seguro. Y esa sensación de confianza puede seguir acompañándolo durante buena parte de su vida.

La indefensión infantil y la necesidad de seguridad

Para Freud, la infancia está marcada por la indefensión: el niño es pequeño, depende de otras personas para alimentarse, cuidarse, orientarse y protegerse, y todavía no tiene recursos para enfrentarse por sí mismo a los peligros del entorno. Cualquier situación difícil o amenaza externa pueden adquirir una dimensión enorme, y por eso el padre puede representar a alguien capaz de enfrentarse a lo que el niño percibe como peligroso. No hace falta que sea invulnerable ni perfecto, porque lo importante es que su presencia transmita la idea de que el niño no está solo frente a lo que le asusta, y esa experiencia favorece una sensación básica de confianza.

Desde la perspectiva del desarrollo infantil, el papel del padre tampoco se limita a ser barrera frente a una amenaza. Puede dar apoyo físico y emocional, proteger la relación entre la madre y el bebé, ayudar al niño a explorar, a tolerar frustraciones y a entender los límites, y convertirse en una figura de apego más, algo que encaja con lo que se sabe sobre los beneficios de un padre implicado en la crianza. Eso sí, proteger no equivale a impedir que el niño viva dificultades, ya que una de las funciones que se atribuyen al padre es acompañar al niño en su desarrollo y dejarle ganar autonomía poco a poco. De ahí esa aparente paradoja de que proteger también signifique preparar para la independencia: a un padre suficientemente bueno le basta con dar el respaldo necesario para que su hijo aprenda a enfrentarse a los obstáculos poco a poco.

De la figura paterna a la idea de Dios 

Aquí aparece la conexión más importante con Freud, y también el contexto real en el que escribió la frase, que no es un texto sobre educación. En ese primer capítulo de 'El malestar en la cultura', el psicoanalista sostiene que las necesidades religiosas derivan del desvalimiento infantil y de la añoranza del padre, y que esa sensación se reaviva cada vez que el adulto se enfrenta a algo que escapa a su control, como una enfermedad, una pérdida o la incertidumbre. Así, del mismo modo que un niño confía en la fuerza de su padre ante lo que le da miedo, el adulto puede buscar una autoridad superior, y Dios puede convertirse simbólicamente en un padre celestial todopoderoso que le protege frente al poder del destino.

Con ello, Freud no pretendía afirmar que la fe sea infantil, sino señalar una posible raíz psicológica de la necesidad humana de creer en una autoridad protectora. Leída hoy, y más allá de la imagen del padre protector, su frase habla de una necesidad emocional que muchas familias reconocerán: contar durante la infancia con alguien que inspire seguridad, que acompañe en las dificultades y que ayude a interpretar un mundo que todavía resulta demasiado grande. Al final, la protección tiene que ver con aprender que existen vínculos capaces de sostenernos mientras adquirimos recursos para caminar por nosotros mismos.

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