
El escritor pasó sus primeros años en un pueblo levantado junto a una refinería que ha desaparecido
Arturo Pérez-Reverte no es solo uno de los escritores más leídos en español, sino que con los años se ha convertido también en una voz muy seguida fuera de los libros, ya sea en televisión, en sus columnas o en redes sociales. Y a pesar de esa fama, hay algo de lo que nunca ha renegado y a lo que vuelve una y otra vez cuando habla de sí mismo: el lugar del que viene, y que para él explica buena parte de lo que es.
Hay lugares de la infancia que ya no existen más que en la memoria de quienes los vivieron, y el suyo es uno de ellos. El escritor, nacido en Cartagena el 25 de noviembre de 1951, pasó sus primeros años en el poblado del Valle de Escombreras, un asentamiento levantado junto a la refinería de petróleo de la empresa REPESA, una de las primeras de España, y que con el tiempo acabó desapareciendo.
Sus raíces, de hecho, están muy ligadas al mar. “Crecí en un puerto, vengo de familia de marinos”, explicaba en una entrevista con el diario chileno La Tercera, en la que también dejaba clara su manera de sentirse de un sitio: “El Mediterráneo es mi patria, yo soy español, pero sobre todo soy mediterráneo”.
Un poblado donde los niños se criaban juntos
El propio Pérez-Reverte ha contado cómo era aquel lugar en su columna ‘La primera injusticia’, publicada en XL Semanal en diciembre de 2024. “Había allí una refinería de petróleo, todavía existe, aunque el poblado desapareció hace mucho, y junto a ella, para sus empleados, se desarrollaba un experimento social único en la España de los años 50”, escribía. Según explica, trabajadores de distintos niveles, jefes y obreros, vivían en el mismo sitio y compartían comercios, escuela, iglesia, casino, cine, transporte, piscina e instalaciones deportivas.
Eso no significa que no hubiera diferencias, pero lo que más recuerda es cómo crecían los pequeños. “Los niños nos criábamos juntos, jugábamos juntos, correteábamos en pandilla por aquellos campos, montes y orilla del mar, e íbamos al mismo colegio de primaria”, contaba en esa misma columna, antes de añadir que quienes siguen vivos recuerdan el lugar “como un paraíso: primeros juegos, primeros amores, primeras aventuras”.
Volver siempre al Mediterráneo
Aquel pueblo desapareció, pero el mar siguió muy presente en su vida, y también en su forma de viajar, porque donde más cómodo se siente es en las ciudades de costa. “Me siento más en casa en un café de Beirut, de Estambul, de Sicilia, de Cartagena o de Túnez, que en Rotterdam, en París, en Londres o en Nueva York”, aseguraba en la entrevista con La Tercera, en la que reconocía además que en Italia no se siente “solo nunca”.
Por eso intenta volver a esos sitios siempre que puede, aunque ninguno pesa tanto como el mar junto al que creció, y lo explicaba en esa misma conversación con una frase que resume bien esa nostalgia: “Uno intenta regresar allí donde fue feliz, allí donde proviene, como volver al hogar para morir”.
Foto | Flicr - RAE (Licencia CC)
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