
Le hace estar siempre vigilantes a las reacciones de los demás, generando inseguridad emocional
Hay niños que saben que algo va mal en casa antes de que nadie diga una palabra, por un portazo, un silencio más largo de la cuenta o un cambio en el tono de voz de su padre o de su madre. Como concluyen numerosas investigaciones, los pequeños que crecen entre discusiones frecuentes y cambios de humor imprevisibles pueden aprender a leer muy pronto el estado de ánimo de quienes les rodean, aunque esa habilidad tiene más que ver con estar en guardia que con comprender mejor a los demás.
Atentos a cada gesto
El entorno familiar es la primera escuela emocional de los niños, y al observar cómo reaccionan los adultos ante un problema van aprendiendo a anticipar lo que puede pasar después. Cuando en casa el enfado aparece sin avisar, detectar la tensión que precede a una discusión se convierte en una forma de protegerse, y eso es precisamente lo que observó un equipo de la Universidad de Vermont y la Universidad de Indiana en un estudio publicado en 'Journal of Family Psychology'. Al mostrar fotos de parejas enfadadas, felices o neutras, los niños de hogares con más conflicto tuvieron una respuesta cerebral mucho más intensa ante las imágenes de enfado.
"Están vigilantes en casa de la misma manera que buscan caras enfadadas en el laboratorio", explicaba la investigadora Alice Schermerhorn, autora principal del trabajo, en la nota de prensa de la Universidad de Vermont, en la que interpretaba el resultado como una mayor vigilancia ante las señales emocionales. Eso sí, los propios autores dejaban claro que la posible relación de esa respuesta con problemas sociales posteriores era una hipótesis que todavía necesitaba más investigación.
No todas las discusiones dejan la misma huella
La psicología distingue entre las peleas destructivas, con gritos, amenazas o humillaciones, y los desacuerdos que se resuelven hablando, y la diferencia importa. Una revisión de 23 estudios concluyó que los conflictos constructivos entre los padres se asociaban con menos problemas en los hijos, con una mayor seguridad emocional y con mejores habilidades para resolver problemas sociales, aunque muchas de esas asociaciones estaban influidas por otros factores. Vamos, que la clave no está en no discutir nunca, sino en cómo se discute.
Por otro lado, captar el humor de los demás no siempre es sinónimo de empatía, y cuando nace del miedo puede incluso jugar en contra. En otro trabajo con 99 niños de entre nueve y 11 años, los que percibían el conflicto entre sus padres como más amenazante fueron menos precisos al identificar expresiones neutras, mientras que entre los menos tímidos, una baja percepción de amenaza se asociaba con una mayor precisión.
Foto | Magnific
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