
Neruda defendía el juego como algo que no hay que abandonar al crecer
Hay frases que acaban funcionando casi como un refrán, y la de Pablo Neruda sobre el juego es una de ellas, porque basta con que alguien hable de lo importante que es jugar para que aparezca citada en algún sitio. El poeta chileno, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1971, hizo de esa actitud juguetona su manera de estar en el mundo, y se nota tanto en las casas que construyó como en los objetos que fue coleccionando a lo largo de su vida.
Eso sí, para entenderla del todo conviene leerla entera, porque la versión que circula suele quedarse a medias: "El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta". La frase está sacada de sus memorias, 'Confieso que he vivido', publicadas en 1974, un libro que Neruda todavía estaba terminando cuando murió. Por eso la primera edición la acabaron su viuda, Matilde Urrutia, y el escritor venezolano Miguel Otero Silva, como recuerda una reseña de la reedición de las memorias.
Una casa levantada como un juguete
En ese mismo pasaje, Neruda cuenta que había edificado su casa como un juguete, y algo de eso había, porque a lo largo de su vida fue reuniendo colecciones de lo más curiosas, desde caracolas marinas hasta mascarones de proa. Para él, el juego no tenía fecha de caducidad, y lo entendía como una manera de mantener despiertas la sensibilidad y la imaginación y, con ellas, esa capacidad de asombro tan de la infancia.
Esa manera de ver las cosas también se cuela en su poesía. En 'Odas elementales', publicado en 1954, Neruda se dedicó a cantar la vida diaria y las cosas comunes, desde el caldillo de congrio hasta el libro, el mar o el vino, y en todas encontraba algo que celebrar aunque casi nadie se parase a mirarlas, un poco como hace un niño cuando juega con lo primero que tiene a mano y lo convierte en otra cosa.
Y probablemente tenga mucho que ver con su propia infancia en Temuco, que evocó en el ensayo 'Infancia y poesía', escrito a comienzos de los años cincuenta. Allí recordaba que un día, mientras jugaba en el patio de casa, vio asomar por un agujero de la cerca una mano desconocida que le dejaba una ovejita de juguete, ya desteñida y sin ruedas, y que él, a cambio, dejó en el mismo sitio una piña abierta, llena de olor y de resina, a la que tenía mucho cariño. Nunca volvió a ver a aquel niño, pero ese intercambio se le quedó grabado, hasta el punto de que acabó convencido de que toda la humanidad está de algún modo unida y de que escribir poesía era, para él, seguir dejando regalos al otro lado de la cerca.
Del sur de Chile al Premio Nobel
Neruda nació el 12 de julio de 1904 en Parral, aunque fue en Temuco donde estudió, en el Liceo de Hombres, y donde conoció a Gabriela Mistral en 1920. Ese mismo año empezó a firmar con el seudónimo que lo haría famoso, y enseguida llegaron 'Crepusculario', en 1923, y 'Veinte poemas de amor y una canción desesperada', un año después.
Después su vida dio muchas vueltas, porque en 1945 fue elegido senador y ese mismo año se afilió al Partido Comunista, pero en 1949 tuvo que salir de Chile a escondidas, perseguido por el Gobierno de González Videla. El Nobel le llegó en 1971, y apenas dos años más tarde, el 23 de septiembre de 1973, murió en Santiago, 12 días después del golpe de Estado. Las causas de su muerte nunca han quedado del todo claras, y en 2024 la justicia chilena ordenó reabrir la investigación por un posible envenenamiento.
Foto | Wikimedia Commons
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