Ser un buen padre (II)

En el primer tema que titulabamos Ser un buen padre dimos algunos consejos para que los papás afronten esta nueva etapa de su vida con plenitud y consiguiendo ser ese modelo coherente y amoroso que pueda inculcar en el niño seguridad y empatía hacia los demás. Hoy seguiremos repasando otras ideas para mejorar en el trabajo placentero que es la paternidad.

Tienes que ganarte el respeto de tu hijo

Si nuestra educación fue en exceso autoritaria, incluso si deseamos cambiar la tendencia, resulta a veces inevitable que nos broten comportamientos expeditivos e impositivos. El "lo digo yo y punto" no es educativo y simplemente supone el obligar al niño a la obediencia por el miedo, no por el respeto sincero.

Las personas a las que de verdad respetamos son aquellas que muestran con su comportamiento la capacidad de escucha, negociación y respeto hacia los demás. En los niños no es diferente, puede que nos obedezcan, pero si lo hacen por obligación y no por convencimiento no estaremos poniendo las bases de la confianza mutua.

Todos nos preocupamos por nuestros hijos y deseamos que nos escuchen, que nos hagan caso, para ayudarles a hacer las elecciones correctas ahora y en el futuro. ¿Es sencillo lograrlo sin mandarles obedecer sin rechistar?

Puede que cueste más tiempo y esfuerzo el negociar y escuchar, el ganarse la confianza, pero desde luego da mejores frutos. En la infancia presente lograremos que el niño nos cuente sus preocupaciones y miedos, sus sueños, sus dudas, si está seguro de que lo atenderemos sin recriminarle ni hacerle daño con palabras duras. En el futuro, cuando sea un adolescente, habrá aprendido que su padre es digno de confianza y respeto, pues siempre le escuchó de ese modo. Hay que ganarse ese respeto y esa confianza desde la primera niñez. Luego, es tarde, cuando ya no nos obedezcan por miedo no podremos ni siqueira saber que bulle en su mente y no podremos ser esa figura adulta que los ama y los acompaña en el dificil crecimiento hacia la juventud y la vida adulta.

Otra cuestión no es ya solamente tener el tiempo y la disposición de hablar con ellos, también es muy importante la actitud y los temas que tratemos. Papá no puede ser el que regaña y castiga, esa figura amenazante que la madre cita para mantener uns disciplina que se le va de las manos. Esto es labor de ambos progenitores, que, dejando atrás los modelos de una sociedad patriarcal en la que el hombre era la autoridad máxima de la casa, manejen las decisiones en común, de forma igualitaria.

Y es que si papá es que va a echar la regañina y nunca tiene tiempo para los niños si no es para dar un repaso a sus malos comportamientos, no podrá ser esa persona cercana y fiable a la que el hijo se acercará libremente.

Engendrar e incluso cubrir las necesidades básicas del niño no algo que despierte en ellos el respeto por las buenas ni es lógico esperar que nos obedezcan sin más. El respeto se gana con respeto, nunca me cansaré de repetirlo.

Ser padre también es poner límites

Por supuesto, ser un buen padre también es poner límites. El niño necesita límites para crecer seguro. Los límites no son a los abrazos, al tiempo en común, al amor, a la atención de sus necesidades emocionales. Los límites son necesarios para establecer reglas de convivencia, y todos ellos se resumen en el respeto, respeto que debe ser mutuo y que solo podemos coherentemente esperar si lo damos previamente.

También hay límites físicos necesarios y la obligación de ambos, papá y mamá, es determinarlos. No es que tengamos que mandar callar al niño y estarse quieto si molesta, pues a lo que me refiero es a preocuparnos de permitir que nuestros niños se desarrollen libremente, según sus necesidades evolutivas de crecimiento y exploración, en ámbitos seguros y adecuados para ellos.

Espacios y ámbitos adecuados para los niños son un límite que es nuestra responsabilidad. Si nos empeñamos en llevarnos al niño a un bar, una larga comida de restaurante, un hospital visitando a un enfermo o a una pariente recién parida, una reunión de adultos donde no se puede jugar ni correr, espacios peligrosos en los que no puedan moverse libremente y donde vayamos a tener que estar pendientes regañando continuamente, sitios donde nadie vaya a escucharlos y estén sin atención ni poder participar en la conversación, no son sitios adecuados para los niños.

Debemos limitar en lo posible el que tengan que permanecer en ellos, pues no están hechos a la medida de los niños y violentan sus necesidades de ser atendidos y de poder moverse, cosas que su naturaleza les impele a hacer.

Obviamente hay cosas que no se pueden hacer: meter los dedos en un enchufe, el bocadillo en el DVD, tirar al suelo los objetos delicados, saltar por muebles que pueden volcarse, pegarle al hermanito, asomarse a la ventana, cruzar sin darnos la mano. Pero estas y muchas otras las podemos prevenir igualmente adecuando espacios, tiempos y atención a buscar evitar ese tipo de situaciones. De nuevo el límite no es recurrir por costumbre a pegarles un grito, sino proveer a los niños de ámbitos limitados adecuados para que, en ellos, puedan ser libres.

Conclusión

Hemos visto que para ser un buen padre hay que saber ganarse el respeto mediante el respeto y saber poner límites adecuando las situaciones a las que exponemos al niño a sus necesidades evolutivas.

En Bebés y más | Ser un buen padre (I)

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