
A nuestros hijos, padres y maestros, les enseñamos muchas cosas. Les acompañamos en el aprendizaje de muchas cosas cotidianas, vestirse, comer en la mesa, atarse los cordones, peinarse o lavarse los dientes. Les enseñaremos matemáticas, lectura, el cuerpo humano, la vida de los animales, la organización de la sociedad humana y todos los conocimientos que les van a ser necesarios. Pero a veces no nos damos cuenta de lo importante que es una asignatura que queda pendiente, sus emociones.
Las emociones en el niño pequeño
El niño pequeño descubre su propio yo. Se asombra y se asusta al separarse de sus padres, adentrándose en un mundo nuevo y fascinante. Se ve asaltado por emociones que a veces les cuesta identificar y gestionar de manera adecuada: el amor, la ira, la rabia, los celos, el enfado, el deseo de tener…
Ellos pueden sentirse perdidos en este ámbito de pasiones y emociones intensas y los padres podemos, por nuestra propia falta de educación emocional y por cansancio o falta de tiempo, ser incapaces de guiarlos para reconocerlas y darles expresión positiva. En buena parte educar en las emociones supone un enorme ejercicio de autoconocimiento y control por nosotros mismos.






