
¿No os gustaría regresar a aquellos veranos interminables de nuestra infancia? ¿O a la eternidad que era un año? Que hoy percibamos que nuestros veranos pasan en un abrir y cerrar de ojos o que los cumpleaños llegan cada vez antes puede tener una base psíquica.
El tiempo “dura más” en la infancia, percibimos que transcurre más lentamente cuando somos niños. Aunque evidentemente se trata de nuestra percepción, ya que el tiempo pasa de forma constante y continua.
El descubrimiento de lo desconocido, la vivencia constante de nuevas experiencias, hacen en la infancia que el tiempo vaya más lentamente. Cuando crecemos, las novedades son menos, todo se nos vuelve más familiar, es más difícil que algo nos sorprenda, por lo que tenemos la sensación de que todo pasa más rápido.








