
El cochecito es un gran invento del mundo de la puericultura. Sin dudas, hay un antes y un después de su aparición. Facilita el transporte del bebé de un sitio a otro, lo tenemos complemente incorporado a nuestras vidas, pero en ocasiones se cae en un uso indiscriminado. El cochecito debería usarse sólo lo necesario.
Los primeros cochecitos, cunas con ruedas y manillar para transportarlas, aparecen hacia finales del siglo XIX entre las familias más acomodadas. Hacia mediados del siglo XX empezaron a lograr popularidad y se instalaron en toda la sociedad, logrando un gran avance hasta nuestros días en los que cada bebé tiene uno o más carritos.
Reflexionemos sobre algunas preguntas. ¿Es realmente necesario tener dos, o en ocasiones tres, cochecitos? ¿Es necesario que el bebé pase tanto tiempo sentado en el cochecito? ¿Es necesario utilizar el cochecito para andar unos pocos metros? Cómodo es, pero no es necesario. El bebé disfruta mucho más de un momento en brazos o “suelto” en el parque que sentado en el carrito.
No vamos a negar que nuestra vida no sería la misma sin el carrito del bebé, mucho menos nuestras espaldas. Este es un llamado a la reflexión sobre lo que nos hemos acostumbrado los padres al uso del carrito. En ocasiones, desde mi punto de vista, más que uso, un abuso.










