
No hay que negarlo, para la mayoría de las personas la idea de ingerir la placenta tras el parto es algo que produce una intensa repugnancia. Pero se trata de una cuestión cultural, no biológica, pues de hecho la mayoría de las mamíferas lo hacen y parece que no es unicamente por motivos de seguridad. Desde luego, para los animales dejar restos biológicos tras el alumbramiento puede atraer a los depredadores. De eso no hay duda. Pero hay algo más, la placenta no es un órgano inutil y comerla proporciona nutrientes y hormonas que aceleran la recuperación de la hembra.
Hay grupos humanos que conservan esta práctica pero también en la sociedad occidental hay mujeres que la han recuperado. Tiene connotaciones emocionales el hacerlo para ellas, y la mayoría no sienten asco cuando la toman si ya lo habían decidido. Como os decía es una cuestión cultural. Tomar un batido de placenta no es, racionalmente, nada anormal. Cuesta librarnos de este tipo de condicionantes y desde luego, si sentimos repulsión, tampoco es cuestionable sentirla ni hay que forzarse a ello, pero si podemos ser tolerantes hacia quien decide hacerlo o acercarnos a esta idea con mayor normalidad.
Al tratarse de una práctica que nos asombra es interesante saber que hay bases biológicas que convierten la ingesta de la placenta en algo sano y natural, aunque para la mayoría de nosotros sea impensable. Además hace pocos días, como explicaré a continuación, un experto en la materia ha expuesto a los medios de comunicación canarios las razones que le llevan a sostener que ingerir placenta es beneficioso para la madre reciente.