Este texto extraído de “El profeta” la obra cumbre de Khalil Gibran, novelista y poeta libanés (1883-1931), expresa muy bien algo que los padres solemos olvidar: que nuestros hijos no son propiedades nuestras sino que llegan a la vida a través de nosotros y nuestra responsabilidad es acompañarles y respetarles en el camino.
Esto también implica que debemos educarles con mucha más libertad (que no permisividad) de lo que hacemos: libertad para ser bebés y exigir tiempo, brazos, calor y teta aunque nosotras estemos exhaustas, libertad para descubrir el mundo aunque abran todos los cajones de la casa, libertad para ser niños, moverse y destartalarlo todo (sin medicarles), libertad para gritar y expresarse a su manera, etc.
La función de los padres no es adiestrar a sus hijos a que encajen en unos estandares sociales cada ver más cuestionables, sino respetar su personalidad, hacer florecer sus talentos innatos y no permitir que la familia, la escuela y la vida en general los anule y los uniformice como ha pasado con casi todos los adultos.
Disfrutemos con estas bellas palabras:

