
Hoy este post es muy personal pero espero, deseo, que algunas de nuestras lectoras se sientan identificadas con él. Ojalá sea de ese modo. Quiero contaros que estoy orgullosa del padre de mi hijo, aunque no es mi pareja.
La separación, cuando hay hijos, es doblemente dolorosa y frecuentemente hay diferencias en cuanto a la crianza y a los cambios vitales que trae la maternidad y la paternidad. Posiblemente, después de eso, es imposible esperar que las dos personas que un día compartieron su vida puedan volver a estar vibrando en sintonía perfecta, aunque, admitámoslo, tampoco esta situación se da en las parejas que siguen juntas siempre. Pero no es imposible, sino deseable, que crezcan, maduren, compartan y se comuniquen, para lograr ser padres de manera compartida y armoniosa.
Y quería contároslo. Para nosotros es una experiencia vital enriquecedora, ambos hemos seguido, tras la separación, enfocados en el bienestar de nuestro hijo, en aprender, cada uno a su ritmo, a ser padres no ya sin violencia física, sino también sin usar la autoridad de manera autocrática, sin caer en el chantaje emocional, sin dejar que las tensiones nos desborden y se descarguen en el niño.





