
No hay nada como el olor a nuestro bebé. Cuántas veces nos hemos deleitado aspirando el olor de los pequeños, sintiéndonos muy cerca de ellos y embelesados también por el olfato. Podríamos pensar que sólo nos sucede a los padres y que son fantasías de enamoramiento, pero hay una base fisiológica para explicar por qué los bebés huelen bien. O, para hablar con más exactitud, por qué no huelen mal.
La explicación está en que los bebés no poseen glándulas sudoríparas apocrinas activas y no presentan olores desagradables a transpiración. Además, a ello se suma que apenas sudan, pues los mecanismos que regulan la transpiración no están establecidos totalmente.

