
Uno de los momentos más duros e increíbles que he vivido en mi vida es el que sucedió hace 4 años, cuando estudiaba el curso de asesor de lactancia. La asesora que nos estaba dando clase quiso tratar un poco el tema del parto y decidió bajar las luces, poner una música instrumental lenta y hablar casi susurrando.
Pidió que cerráramos los ojos (unas 70 mujeres, casi todas madres y 3 hombres) y empezó a ponernos en situación:
Estás en el hospital, tumbada. No sabes qué va a pasar pero esperas que todo vaya bien. Tienes algo de frío y llevas esa bata que se ata por detrás y te deja semidesnuda. Parece que algo no va del todo bien y te dicen que te tienen que hacer una cesárea. Esperas que alguien te de una mano, una muestra de cariño, un “tranquila, que yo estaré contigo”, pero nadie lo hace. Sólo ves batas blancas y verdes que se mueven de uno a otro lado sin decir demasiado. Te gustaría que te explicaran un poco más qué pasa, te gustaría que te dijeran por qué no parirás, pero nadie habla, nadie te abraza, nadie…









