
Uno de los cambios más evidentes que vive una mujer cuando es madre es la limitación del tiempo que puede pasar frente al espejo, pasando de entre varios minutos y varias horas (conozco a más de una que en vez de entrar en el lavabo parece que la ingresan) a escasos minutos o segundos cuando tiene un hijo entre manos (o entre brazos).
Esto hace que muchas mujeres salgan a la calle mucho menos arregladas que antes de ser madres y hace que muchas cambien sus habituales vestidos e incluso tejanos, más o menos apretados, y los zapatos de mayor o menor tacón por un más cómodo chándal y por unas zapatillas de deporte (o quizás no tanto, pero casi).
Para muchas mujeres esto es un proceso lógico temporal que pronto acabará y para muchas otras, pese a que a ojos del entorno pudiera parecer algo así como un “qué descuidada estás, no eres la misma”, es algo así como una evolución a la lógica y la practicidad: “me gusta vestir bien, pero desde que soy madre voy en chandal y lo que antes parecía ropa de andar por casa ahora me parece el atuendo más lógico para el día a día… y sin vergüenza, oye”.









