
Hace unos días empezamos a hablar de posibles intervenciones que hasta ahora se han considerado normales y habituales en los hospitales y que quizás aún formen parte de algunos protocolos, como la amnioscopia, de la que dijimos que debería utilizarse sólo en casos muy puntuales, y hoy vamos a tratar el enema.
Durante muchos años se ha administrado un enema a las mujeres que iban al hospital a parir para evitar la salida de heces durante el expulsivo y reducir la molestia (psicológica) que ello podría ocasionar a las madres (“qué vergüenza, me he cagado en el parto”).
Además se pensaba que el vaciamiento intestinal proporcionaría más espacio para el feto y que el estímulo del enema mejoraría la dinámica uterina, reduciendo la duración del parto.









