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¿No les castigo porque se portan bien o se portan bien porque no les castigo?‏

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Cuando tienes hijos es habitual hablar con otros padres y madres de los niños, de cómo son, de la última trastada que te han hecho e incluso de cómo lo hemos solucionado. Son conversaciones en las que suelo entrar con pies de plomo porque la mayoría de los padres se extrañan cuando les digo que “yo es que nunca les he pegado” y aún se extrañan más cuando afirmo que “yo es que nunca les he castigado”.

Algunos se ponen a la defensiva, como si yo quisiera con eso decirles que soy un buen padre y ellos son malos padres y otros, tras un rato de pensar, aclaran rápidamente su extrañeza con un ramalazo de lucidez que les hace decir: “claro, no hay más que verlos, son tan buenos que no te ha hecho falta”.

Entonces yo me pregunto: ¿No les castigo porque se portan bien o se portan bien porque no les castigo?

Para la mayoría de gente, como digo, es una cuestión de suerte. No les pego ni castigo (no digo que no les grito porque más de una vez me han hecho perder los estribos, que son niños, al fin y al cabo) porque, según dicen, no me han dado motivo para ello. Es decir, que si ellos tuvieran a mis hijos tampoco darían cachetes educativos y tampoco les castigaría, algo que no me creo, pero que a ellos les deja tranquilos y en paz consigo mismo.

Sin embargo, si yo tuviera sus hijos, pues la ecuación es muy simple, eso de no corregir con la mano y no castigar sería mi perdición, porque ellos han tenido la mala suerte de tener hijos incorregibles que merecen medidas más drásticas que el diálogo.

Pero mis hijos no son tan buenos…

Entonces yo pienso que mis hijos no son tan buenos como me los pintan, porque me lían cada una a veces que para qué contar, y me equivoco en mi pensamiento porque, ni son buenos ni son malos, son niños, como los suyos. Entonces me corrijo y me digo: “pero sus hijos no son tan diferentes de los míos”, y en ese pensamiento me quedo conforme y sigo trabajándolo porque pienso que si yo tratara a mis hijos como los demás tratan a los suyos, serían igual de traviesos (malos) que los de los demás.

Por poner un ejemplo (de tantos que podría poner), este verano, en la playa, Aran, de 3 años, pensó en varias ocasiones que irse hacia la entrada de la playa era divertido. En vez de ir hacia el mar, se iba en dirección contraria, como si se fuera a casa, corriendo para que papá le siguiera.

Esta escena seguro que os suena a más de uno por haberla vivido o por haber visto a algún padre o madre corriendo detrás del niño que se te va. Empiezas a caminar pensando que volverá, luego ves que se aleja y empiezas a correr, le llamas, le gritas, “¡vuelve!”, tú acordándote de que por esa zona, en la oscuridad de la noche, la juventud hace lo que quiere y más y tu hijo corriendo descalzo. Corres más, le llamas y el niño que no hace caso.

En ese punto lo alcanzas y le explicas por qué no quieres que vaya hacia allí, el peligro, el riesgo de pisar cristales o a saber qué y que “estamos todos en la orilla, no te vayas solo”. Pero los niños, niños son, y a menudo repiten. Es tan divertido ver a papá sudar detrás tuyo, tan tentador, que “voy a probar de nuevo a ver qué pasa”.

Se escapa y papá detrás otra vez, a correr. Entonces algunos padres correrían, lo cogerían, cachete en el culo o tirón del brazo y “vamos p’allá que me tienes harto”, para la orilla por las malas y “que sepas que te has quedado sin helado”. Pero yo no soy así, no me gusta arreglar las cosas así y mientras corro como un tonto detrás de mi hijo, quemándome las plantas de los pies, pienso que estoy haciendo exactamente lo que quiere que haga.

Me acerco lo suficiente para hablar con él, le explico el riesgo de ir hacia allí de nuevo y le recuerdo que estamos en la orilla y, cuando casi arranca a correr otra vez esperando que yo vaya detrás le digo, tan tranquilo, que yo ya no juego más: “bueno Aran, que yo me canso y me estoy quemando, me voy para la orilla”, y me giro para hacer lo dicho.

No digo que haciendo esto todos los niños harán como él, pero él en ese punto se da cuenta de que a papá el juego de correr detrás suyo ya ha dejado de hacerle gracia. Se gira, se viene conmigo y se pone a mi lado. Le doy la mano y juntos llegamos a la orilla.

Esto no es una técnica. No estoy diciendo que cuando un niño se escape hagáis como yo, sólo lo explico porque en ese momento, en esos momentos, hay muchas maneras de actuar. Yo siempre elijo la segunda y, como sabe que siempre elijo la segunda, supongo que desiste de hacerme rabiar: “dos no se pelean si uno no quiere”, decía siempre mi madre, pues no me sentiré provocado, hijo mío, porque no quiero cabrearme. Como ve que no le sigo el juego, deja de jugar.

¿No les castigo porque se portan bien o se portan bien porque no les castigo?

La pregunta tiene trampa. De hecho sólo es un juego de palabras, porque “se portan bien porque no les castigo” puede ser cierto, pero puede ser también muy falso si hablamos de padres permisivos que no castigan, pero tampoco corrigen ni educan.

No castigar a los hijos es sólo un detalle dentro de un estilo educativo que escoges, un estilo que podríamos llamar como educar con calma, con paciencia, con diálogo, por poner algún nombre. Se le suele llamar también educación democrática, porque a los niños se les da voz y a menudo voto.

No sé, el nombre me es indiferente. Lo importante es saber que puedes tratar a un niño igual que tratas a los adultos, con el mismo respeto, contando con ellos, escuchando sus palabras sin decir tonterías como “ahora hablamos los adultos, los niños callan”, pero explicando que si ven que dos personas se están hablando es mejor esperar a que acaben de hablar, no hablando de ellos en su presencia como si no estuvieran (no lo hacemos con los adultos, ¿por qué sí con los niños?) y en definitiva haciéndoles partícipes de la vida en sociedad, pero explicándoles que, de igual modo que a ellos les gusta ser bien tratados, a los demás les gusta lo mismo y que de igual modo que la gente les tiene que respetar, ellos han de hacerlo también con el resto.

Motivos para castigarlos he tenido un montón (según el criterio habitual) porque, como ya he dicho, son niños y no robots. Ahora bien, entre Miriam y yo hemos ido capeando temporales a veces con mayor acierto y a veces con menor (normalmente cuando andas justito de paciencia), observando que, a medida que han ido creciendo, el comportamiento se ha ido puliendo, como quien va regando cada día un árbol seco y se da cuenta, con el paso de los años, que ahora es un árbol lleno de hojas que crece sano y decidido.

En resumen, a ojos de la gente mis hijos son muy buenos, casi modélicos. A mis ojos son niños normales, porque en casa hacen de las suyas cuando quieren, que cuando están en la calle saben comportarse y vivir en sociedad, respetando a los demás. Los demás padres los ensalzan: “qué suerte, qué majos son…”, pero yo no veo que tenga que presumir de niños, porque su manera de ser es la que yo esperaría de todos los niños y de toda persona.

Es como si alguien me dijera “¡oye, tu niño no escupe, ni pega, ni grita, ni arranca los juguetes a los demás!”. Yo le respondería: “Claro, ¿por qué iba a hacer un niño algo así?”. Pues lo mismo: ¿por qué iba un niño a no ser así?

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