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Papá, Jon y Aran

Las nueve menos cuarto de la mañana, salimos por la puerta del portal Jon y yo camino del colegio y nada más salir me dice “Papá, hoy no hables con nadie, ¿vale?”. No le respondo al momento porque tengo que procesar su petición. Enseguida caigo y le digo: “Vale Jon, hoy no hablo con nadie”.

Se pone contento, sonríe y empezamos a imaginar que somos dos héroes anónimos huyendo de peligrosos malhechores rodeados de cientos de compinches dispuestos a atraparnos en cuanto les sea posible. Así durante los diez minutos que dura el trayecto a pie hasta que me despido de él ya en el colegio, sonriendo por la pequeña lección que minutos atrás me ha dado, al decirme, en pocas palabras, que ayer no respeté nuestro tiempo, que ayer no le respeté cuando, yendo juntos al colegio, me puse a hablar con una madre.

Seguro que la situación os parecerá de lo más habitual y de lo más normal, porque a mí me lo pareció: vas con tu hijo caminando hacia el colegio y en un cruce te encuentras con una madre o padre que conoces y os juntáis para compartir el trozo que queda hasta llegar. Como es lógico, entablas conversación con esa persona, por educación o por deferencia, o porque tenéis algo que compartir.

Digo que es habitual o lógico porque yo como hijo lo viví muchísimas veces y llegué a verlo como normal. Incluso si interrumpía me decían eso de “ahora no, que estamos hablando los mayores”. Sin embargo a mi hijo no le pareció tan lógico, probablemente porque nadie le ha dicho nunca eso de que los mayores estamos por encima de los niños y merecemos más respeto que ellos, y me lo hizo saber al día siguiente pidiéndome que no repitiera lo del día anterior.

En ese momento de reflexión me puse en su lugar y recordé aquellas situaciones que nunca he entendido demasiado y que yo nunca provocaría en que quedas con alguien, esa persona se encuentra a un conocido (que tú no conoces) y se para a hablar con él un rato. Claro, tú ahí te quedas con cara de pero-vamos-a-ver-¿tú-no-habías-quedao-conmigo?, pero como eres muy educado o directamente tonto (o estás acostumbrado a que tus padres te lo hicieran y, como antaño, ahora tampoco dices nada), te callas, sonríes, y cuando ellos finalizan su conversación recuperas a la persona con quien habías quedado para seguir compartiendo el tiempo.

Para mi hijo el trayecto de ir al colegio es mucho más que un camino que debe andarse para llegar a un sitio. Para él es un momento en el que comparte tiempo conmigo (ahora además comparte tiempo con Aran, pues también va al cole) y, lógicamente, lo quiere aprovechar para jugar y hablar.

Ese día, el día clave, cuando nos cruzamos con una madre y yo me puse a hablar con ella nuestro juego se acabó, nuestra complicidad quedó cortada de raíz al interponerse, de manera involuntaria, una tercera persona para hablar conmigo de cualquier cosa. Para él fue seguramente una pequeña decepción (o quizás grande), un menosprecio, pues vio que para papá era más importante hablar con esa madre que seguir jugando o hablando con él.

Pero el problema no está en saber qué es más importante, sino en tener claro de quién era ese momento. Ese momento era de mi hijo y mío, y yo lo rompí. El día que yo quede con alguien para hablar y sea mi hijo quien venga a decirme algo, quizás tenga que decirle que espere un momento, que estamos hablando de algo importante (si es que lo es).

Así que ese día, al día siguiente, cuando me crucé de nuevo con aquella madre, le dije “¡Hola!” y seguí jugando con Jon, sin hacer ademán de querer compartir el camino pues en ese momento yo estaba con él y por él. Era nuestro momento, de nadie más.

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