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Carta a mi futura mamá

Querida mamá:

Sé que faltan unas semanas aún hasta que nazca, pero para que te vayas haciendo una idea de cómo va a ser ese momento he querido escribirte unas líneas.

Sé que estás muy ilusionada con mi llegada y que lo tienes todo prácticamente listo para cuando llegue, pero sé que estás un poco nerviosa con el momento del parto porque no sabes muy bien cómo será. No es que yo tenga toda la información, pero en condiciones normales, si todo sucede según lo previsto, la cosa será más o menos como te cuento a continuación.

Hace unos años, cuando un bebé nacía, enseguida lo cogían los señores y señoras de verde y blanco y le examinaban minuciosamente metiéndole sondas por la nariz y la boca para aspirar secreciones, por el culito para comprobar permeabilidad, le pesaban y medían, le ponían colirio en los ojos para prevenir infecciones, le pinchaban vitamina K, lo limpiaban un poco y luego le ponían su primera muda de ropa.

No es que esté mal, mamá, porque quieren lo mejor para nosotros, pero si todo va bien no necesitamos que eso suceda nada más salir porque, ¡menudo recibimiento! Llevo ahora siete meses creciendo y engordando aquí dentro, que serán nueve cuando ya me toque salir y oye, a mí me gustaría estar contigo, ni que sea un rato, y luego si eso ya me iré con los señores y señoras de blanco y verde, a que me hagan lo que quieran (no quiere decir que no me vaya a quejar), pero sabiendo cómo eres y habiendo pasado un ratito contigo.

Como sé que nadie te lo ha explicado nunca desde dentro, me permito hacerte una confesión sobre mi vida aquí en tu barriga: en general se vive muy bien. Apenas hay ruidos que molesten, vivo flotando en el líquido amniótico donde no tengo que preocuparme por comer ni respirar, ni de hecho preocuparme por nada en especial. Oigo tu voz a menudo y, aunque no te oigo perfectamente, disfruto con tus palabras, me encanta cuando me hablas y me gusta cuando caminas y te mueves porque así me meces, me acunas…

No tengo mucho espacio pero no me molesta en absoluto porque así puedo estar en posición fetal, es decir, con las piernas y brazos flexionados, que es como más cómodo estoy. Sé que fuera hace frío, hasta sé que hace unos días nevó, pero aquí dentro, aún desnudo, estoy protegido del frío, así que puedes estar tranquila por mí.

Dentro de unos días mi estancia aquí llegará a su fin, porque como pone en un cartel que hay aquí colgado: “se ruega no permanecer mucho más de nueve meses” (es broma mamá, no hay carteles, pero de vez en cuando me gusta bromear). El caso es que ese día tu útero se pondrá en marcha contrayéndose de manera rítmica para ir acompañándome poco a poco al exterior.

No es agradable, sé que no me va a gustar demasiado, pero por suerte mi cuerpo está preparado para ello y segregará noradrenalina, una hormona negativa porque aparece por motivos de estrés, pero que tiene la función de ayudarme a estar despierto después de nacer. Dicho de otro modo, parece que el parto me tenga que molestar un poco, precisamente, para después estar más bien despierto.

Como digo, cuando salga estaré atento a mi alrededor entre una hora y media y dos horas. Aunque creas que es algo normal, no lo es, porque a partir de ese momento dormiré y lo haré tan a menudo que tendrán que pasar dos meses hasta que me veas de nuevo dos horas despierto con la misma intensidad y el mismo estado de alerta que al nacer.

Ese rato en el que estaré despierto es para conocerte, básicamente, y para confirmar que sé alimentarme. Estaría genial que, como te he comentado antes, pueda estar contigo en cuanto salga, tumbadito en tu pecho. Primero me quedaré parado un rato, luego empezaré a querer chupar algo y, como tendré mi puño cerquita, probablemente lo aproveche (como hago ahora dentro de tu barriga). Me daré cuenta en ese momento de que mi conocido puño huele exactamente igual que tú y esto me dará la confianza para querer quedarme contigo y querer chuparte. Sé que suena un poco raro, pero necesitaré comer y, para comer, necesitaré chuparte.

Empezaré a reptar, a desplazarme sobre tu vientre y tu pecho buscando uno de tus pechos y allí encontraré una zona más oscura que llamará mi atención (el pezón, claro), hacia donde dirigiré mi cabeza. Está claro que nunca hasta ese momento habré dado ningún avance en cuestión de espacio, así que si me llamas “un poco torpe” te quedarás corta. No tengo posibilidad de desplazarme de manera autónoma, así que espero que entiendas cuánto me cuesta moverme, en general, para hacer en varios minutos algo que cualquier persona puede hacer en pocos segundos.

Decía que mi cabeza encontrará tu pezón, que lo rozaré seguramente con mi mejilla, acto que activará mi reflejo de búsqueda que hará que automáticamente abra la boca hacia él.

Mamaré y lo haré bien, porque yo sé hacerlo y, sobretodo, porque nadie nos habrá separado ni me habrán molestado, desviando mi atención hacia otras cosas que podrían hacerme coger el pezón de forma errónea. Si me dejan, si consigo cogerme al pecho por mis medios, tranquilamente, probablemente siempre mame bien, sin molestar ni hacer daño.

Así empezaré a decirle a tu cuerpo que querré comer de él, que pronto tendrá que pasar del calostro a la leche y así conseguiré ir controlando el “chute” de noradrenalina originado en el parto para irme relajando.

Sé que tendrás intención de separarte de mí porque sospecharás que así, sin ropa, tendré frío. No te preocupes demasiado, tu cuerpo estará blandito porque en tu barriga seguirá existiendo el volumen del lugar donde minutos atrás estaba yo, que me acogerá como si fuera un gran cojín calentito. Una vez allí, el simple contacto con tu cuerpo (y si hace fresquito alguna mantita por encima) será suficiente para mantenerme a una temperatura adecuada.

Además, al ponerme en contacto contigo, tu cuerpo sabrá que estoy ahí y empezará a segregar oxitocina en gran cantidad para contraer el útero e incluso hacer emanar de tu pecho las primeras gotas de calostro (como se dice habitualmente, creo, “si es que está todo pensado”).

Aprovecha por favor ese momento y disfruta de mí, sujétame, acaríciame, huéleme y siénteme, porque yo haré lo mismo contigo, mostrándote que me sentiré a gusto ahí, a partir de ese momento y por siempre.

Sin más me despido. Creo que más o menos te he explicado todo lo que sucederá y espero que sirva de algo. Tengo muchas ganas de estar contigo porque imagino que tú también tienes muchas ganas de estar conmigo. Tengo muchas ganas de quererte y muchas ganas de sentirme querido.

Dile a papá que también quiero estar con él, por supuesto, pero que entienda que al principio me cueste un poco, porque no le conozco de nada (bueno, de casi nada… lo poco que conozco de él apenas lo recuerdo y evidentemente era demasiado pronto como para quedar en mi memoria). O mejor, si eso no le digas nada y cuando tenga un rato le escribo una carta a él, no se nos vaya a poner celoso.

Muchos besitos y, aunque fue ayer, feliz día de San Valentín. No es que me vayan mucho estas celebraciones tan preparadas para caer en el consumo de bienes innecesarios (desde luego, qué léxico tengo siendo aún tan pequeño, ¿verdad?), pero como estoy enamorado de ti, y eso que aún no te conozco más que por dentro, pues aprovecho y te lo digo.

Foto | Footloosiety en Flickr
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