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Jon y Armando

Ya estamos en Enero y esto significa que en pocos días Aran, mi segundo hijo, cumplirá cuatro años y que Jon, el primero, cumplirá siete. Siete años hará que fui padre por primera vez y, como debo estar un poco melancólico, voy a echar la vista atrás y voy a recordar y compartir cómo fue el día que cogí en brazos a mi primer hijo.

Son muchas las expectativas creadas para ese momento, y muchas las referencias que tenía, pero con un problema, que la mayoría provenían de la televisión o el cine. Quizás por eso me sentí mal y un poco defraudado conmigo mismo, un poco culpable, porque el día que Jon nació, el día que me convertí en padre, no hubo música celestial ni se abrió un claro entre las nubes.

“Cariño, creo que tengo contracciones”

Así nos despertamos esa mañana, con ella diciéndome que llevaba ya un rato con molestias, pero que como iba durmiendo no les había hecho mucho caso. No me puse demasiado nervioso y tampoco me puse a correr como en el cine, porque tenía claro, que lo había leído por alguna parte, que la cosa era más lenta de lo que creíamos.

De hecho, tras varias horas de contracciones y casi seguros de que ese dolor nos decía que pronto nacería, nos recibieron con un “uff, aún falta bastante, volved para casa”.

Unas cuantas horas más tarde, cuando ella ya dijo que le dolía demasiado, volvimos ya para quedarnos. Así nos dieron las siete de la tarde, momento en que pensaron que podría ser buena idea poner la epidural. Me invitaron a irme a dar una vuelta y cuando volví todo había cambiado, el “esto va para largo” se convirtió en un “vamos a hacer cesárea”, porque el niño empezó a hacer bradicardias.

Me lo perdí todo

No la vi más hasta después de haberlo “parido”, así que me perdí la posibilidad de darle mi apoyo y me perdí también ver nacer a mi primer hijo. Como sucede habitualmente, no sabes lo que te pierdes hasta que lo ves, así que creo que en gran parte, la culpa de que ese día no hubiera música celestial, fue de no verle nacer, porque tres años más tarde, cuando Aran nació estando yo presente, sí sentí muchas cosas, sí noté las lágrimas asomar, sí me pareció que tener un hijo era algo mágico.

El caso es que me avisaron de que todo había ido bien y me invitaron a asomarme por una puerta para verlo salir del paritorio. Entonces vi a una enfermera con un bebé de ojos grandes que lo miraba todo calladito meterse en un cuarto donde segundos después empezó a llorar. Allí le pusieron su primer muda, lo dejaron bajo una lámpara y me avisaron para que le fuera a ver (una lámpara… como si no tuviera madre, oye).

La primera vez que le vi

Me acerqué a un bultito que se movía discretamente y bajo dos mantitas y con el pijamita que le habíamos comprado para ese día arremangado (te esperábamos un poquito más grande, hijo mío), me encontré a mi bebé. No sabía qué hacer, no sabía si lo podía coger. Miré alrededor pero no había nadie, así que pensé “qué demonios, es mi hijo”, lo cogí y ahí fue cuando le miré por primera vez a los ojos.

Yo esperaba que sucediera eso que explican en las películas, un aire que moviera mi pelo, una luz que nos iluminara a ambos, una música de fondo que nos envolviera, incluso que yo arrancara a llorar de la emoción. Pero no pasó nada de eso. Simplemente le vi la cara, le miré a los ojitos y le dije: “Hola pequeño, soy papá”. Le di un besito (o varios) y ese fue el inicio de nuestra relación.

Esa presentación dio lugar a mucho más, a querer estar con él, a sentir que no podía ni debía dejarle llorar y, por lo tanto, a pasar varias horas con él en mis brazos, incluso de noche, para que mamá descansara. A partir de ese momento en el que no sucedió nada fuera de lo común empezamos a conocernos el uno al otro y, como el roce hace el cariño, de tanto estar juntos el cariño llegó para quedarse.

Tenía entonces 26 años y, decepcionado y sintiéndome culpable por no haber sentido lo que esperaba sentir, me dediqué a sentir día a día, a aprender con él y de él y así me di cuenta de que se puede y se debe vivir la vida de otra manera, con más calma y con más respeto por los demás. Vamos, que la escala de valores entró en la centrifugadora y salió todo al revés de como estaba. Por todo ello, pese a que no hubo un gran flechazo inicial, le doy gracias infinitas por ser capaz de enseñarme a ver la vida de otra manera y por obligarme a querer ser mejor persona, para ser así un mejor ejemplo y en consecuencia un mejor padre.

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