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¿Quitamos el jarrón o le enseñamos a no tocarlo?

¿Quitamos el jarrón o le enseñamos a no tocarlo?
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Sucede cuando los niños tienen más de un año y empiezan a caminar que de repente llegan a lugares que no imaginábamos, ya no solo porque están de pie, sino también porque pronto aprenden a trepar por el sofá, las sillas y si me apuras los muebles. Esto, sumado a que la curiosidad se pone al máximo nivel y a que parece que nunca tienen suficiente, hace que acaben tocando todo lo que no deberían tocar. De hecho, parece que les motiva más tocar lo nuestro que lo suyo, y acaban por ser más divertidas nuestras cosas que sus juguetes.

Según lo que cojan o quieran tocar no hay mucho problema, pero hay cosas con las que podrían hacerse daño y cosas que podrían romper y son de valor, y ante esta situación hay dos opciones y muchos padres no saben muy bien cuál escoger, por eso hoy vamos a tratar de responder a la pregunta: ¿Quitamos el jarrón o le enseñamos a no tocarlo?

Le enseñamos a no tocarlo, claro

La decisión no es fácil y depende mucho del objeto del que hablemos. Yo he dicho jarrón porque me parece uno de los ejemplos más evidentes, pero bien podría ser cualquier otra cosa. El caso es que en muchas ocasiones he oído a padres convencidos de que la mejor opción es enseñarles a no tocar las cosas, porque oye, "ya estaban ahí antes de que el bebé llegara y tiene que aprender a valorar las cosas por lo que son, sabiendo lo que puede y no puede tocar".

El concepto no está mal, y ya sabéis que a mí me gusta mucho hablar con los niños y explicarles lo que está bien, lo que está mal, lo que me gusta que hagan y lo que no me gusta que hagan para que así vayan interiorizando conceptos y vayan entendiendo que, aunque ellos no lo sepan, hay cosas importantes, hay cosas que no se pueden tocar y hay cosas que son peligrosas. Sin embargo, no acabo de ser muy amigo de esta elección porque suficientemente difícil puede llegar a ser educar a un niño como para además añadir conflictos que fácilmente evitaríamos optando por la otra solución.

Lo quitamos, ya habrá tiempo de volverlo a poner

Esta es mi solución escogida. Yo voto por esta. Cuando lo digo me suelen decir que soy muy cómodo, que los niños tienen que aprender, que no pueden vivir en una burbuja evitándole todos los peligros, que así pensarán que todo el mundo es seguro y nunca tendrán respeto por las cosas de los demás ni miedo por nada y claro, es fácil responder que no hace falta ser tan extremistas y que, como en muchas cosas, no todo es blanco o negro.

Me explico: si hablamos del jarrón, podemos intentar explicar a un niño de uno o dos años que no lo toque, sí, pero si se lo explicamos es seguramente porque le estamos viendo acercarse una y otra vez. Vamos, que le llama la atención. Pues sí, podemos decirle que es chino, que cuesta un montón de dinero (qué sabrán ellos qué es el dinero), que a papá le encanta y que estaría muy afectado si se rompiese. El problema es que de todo ello va a entender la mitad, y entre la mitad que entiende y la ganas innatas que tiene de tocarlo, pueden más sus ganas, porque la mitad que ha entendido la ha olvidado minutos después de escucharla.

Su cuerpo emite unos impulsos, unas ganas locas de tocar el jarrón, de saber qué pasa si su mano lo alcanza, de tenerlo en sus brazos, de ver los colores de cerca, y ante eso no hay palabra humana que pueda convencerle de hacer lo contrario, así que, tarde o temprano lo tocará y el jarrón, lo siento amigo mío, se romperá. Entonces te enfadarás con él, no le hablarás en un día, "te dije que no lo hicieras", "este niño que no aprende, que no escucha, que no me hace caso", que "mira cómo se ríe, que yo creo que lo ha hecho para retarme", etc.

Y no, él sólo quería tocarlo, quién sabe si hasta chuparlo, quién sabe si hasta meter la cabeza en él y tenerlo en sus manos. Menuda sorpresa, menuda emoción, o qué chasco, que también puede ser, cuando al caerse al suelo ha desaparecido y de repente han aparecido un montón de trozos blancos de algo duro con muchas formas. Por cierto, "¿por qué grita tanto papá? Me está asustando... ¡¡¡Buaaaaaa!!!"

Pues eso, si hubiéramos guardado el jarrón en alto aún estaría entero, ahí arriba, esperándonos. Ya, ya sé que ahora queréis que hable de eso de la sobreprotección, de meter al niño en una burbuja y de que tiene que aprender. Pues venga, vamos a ello.

Hay mil cosas que no podemos quitar

Caminando hacia el jarrón

Hablamos de un jarrón, como quien habla de un portátil (por cierto, ya podría yo haberlo quitado, que Aran me lo destrozó cuando tenía dos años) o cualquier otra cosa móvil, que se puede quitar o guardar. Sin embargo, hay muchísimas cosas que a los niños les llama la atención que no podemos quitar. Tenemos los enchufes, tenemos cajones en los que pillarse los dedos, tenemos ventanas a las que no queremos que se acerquen, tenemos cuchillos, tenedores, y mil cosas que tocan o pueden tocar y que no queremos que toquen, así que mirad si hay oportunidades en un día, o en una infancia, para explicarles lo que pueden o no pueden tocar.

Los cuchillos, por ejemplo, son peligrosos de cuidado, pero oye, no podemos quitarlos, sino explicarles que se pueden cortar, que se pueden hacer mucho daño, y mientras tanto, hasta que lo entiendan, seguiremos dejándolos encima de la mesa para usarlos nosotros, a su vista, pero tratando de que ni los cojan, ni los quieran coger.

Por eso, por quitar un jarrón, o por quitar dos, cuatro o diez cosas de la casa el niño no va a vivir en una burbuja. No es que no quiera explicarle que no lo puede tocar, es que prefiero explicárselo más adelante, cuando lo entienda a la primera, y así me ahorro tener que estar vigilando día y noche para que no lo toque, explicarle cien veces lo mismo, pegarle en la mano mientras digo "que eso no se toca, pam, pam" (yo no lo haría, pero hay gente que cree que es un buen recurso) para que luego, en un despiste, te triture algo que resulta que era importante y tú le pongas esa mirada asesina de "te mataría, pero no lo hago porque te quiero".

Es, simplemente, evitar algo fácilmente evitable. Luego, con cuatro años y con una capacidad increíble de entender las cosas sacas tu jarrón chino, lo pones donde siempre ha estado y le explicas a tu hijo que adoras ese jarrón como si fuera una parte de tu cuerpo y tu hijo lo entenderá a las mil maravillas. Si quieres hasta puedes jugar a que lo encontraste en unas catacumbas, como Tadeo Jones, y que es una reliquia que tiene tantos, tantos años, que es de incalculable valor, casi mágico. El caso es que con una vez basta. No tendrás que ir detrás explicándole cada vez que se acerque lo valioso que es ni tendrás que correr detrás suyo mientras lo agita entre sus manos y camina dispuesto y sonriente hacia aquel mueble con el que siempre tropieza.

En resumen, que es muy difícil luchar contra su curiosidad y que, si pretendes ganar, mucho te lo tienes que trabajar. Por eso, ante la duda, vale más dejarlo para cuando sus ganas de tocar cosas y conocerlas a través de sus manos puedan saciarse con una simple explicación, o sea, cuando han crecido.

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