¿Qué significa "portarse bien"?

¿Qué significa "portarse bien"?
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Hace un tiempo, al escribir la entrada en que hablé de los premios y recompensas pueden ser tan perjudiciales como los castigos, utilicé la frase “te lo compro si te portas bien” y dándole vueltas me di cuenta de que portarse bien puede ser algo muy diferente para muchos padres.

Es habitual ver a los padres de hijos recién nacidos decir: “Duerme mucho, se porta muy bien” o “se queja poco, se porta muy bien”. En este caso se considera al niño que reclama poco a sus padres como un niño con buen comportamiento y, por eliminación, al niño que duerme poco o no deja dormir, que come poco o que se queja a menudo, como un niño que no se porta bien.

Es una manera de hablar, por supuesto, nadie piensa que un bebé que reclama mucho a su madre o que se despierta a menudo lo está haciendo para fastidiar y nadie piensa que un bebé que duerme mucho o llora poco lo hace pensando en el bienestar de sus padres.

Sin embargo, esta manera de hablar, este “se porta bien” va adquiriendo significado a medida que los niños crecen y el niño obediente, que no rechista, que se queja poco y que es poco insistente es un niño que se porta bien, mientras que un niño con más personalidad, que no acepta fácilmente las reglas, que llora y se enfada cuando no consigue algo, muy movido (como todos los niños, diría yo) y que solicita muy a menudo la presencia o la ayuda de los padres (algo así como que en conjunto llega a exasperar a sus padres), se porta mal.

Estas definiciones son peligrosas, porque la mayoría de niños son muy movidos, la mayoría de niños necesitan a sus padres en varios momentos del día, la mayoría de niños quieren jugar con sus padres y la mayoría de niños lloran y se enfadan cuando no consiguen algo que quieren y por lo tanto la mayoría de niños “se portan mal” diariamente.

¿Qué significa portarse bien?

Bajo mi punto de vista, portarse bien debería ser una frase que significara que un niño respeta a los demás (y por lo tanto no hiere, no pega, no muerde y no insulta). Quizás me deje algo y quizás lo que digo sería matizable, pero a bote pronto creo que portarse mal sería todo aquello que un niño puede llegar a hacer de manera intencionada que haga daño a los demás. Algo así como hacer con los demás lo que no quisieran para ellos mismos.

¿Llorar?

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“¿Lloran los niños? Noooo, los niños buenos no lloran”, dijo una vez una madre a su hijo. “No, mamá, (sniff, sniff) los niños buenos no lloran (sniff)”, respondió el niño aguantándose las lágrimas.

¿Somos malos los adultos que lloramos? Si te pillas un dedo y lloras de dolor, ¿eres malo? Si te roban y lloras de impotencia, ¿te estás portando mal? Si tu marido te dice que se va con otra y lloras, ¿no estás siendo buena?

¿Enfadarse?

“¡Venga hombre! No te enfades que no es para tanto”, dijo una madre a su hijo enfadado.
El enfado es un sentimiento, una sensación, una emoción. Es algo que sucede cuando algo no sale como esperabas, cuando alguien te trata mal, cuando alguien no hace lo que esperas de él, cuando no consigues lo que quieres, etc.
Los adultos nos enfadamos y de hecho tenemos todo el derecho del mundo a hacerlo. Los niños, por lo tanto, tienen también el mismo derecho a enfadarse.

Nadie le dice a un niño “no te alegres tanto, hombre” porque a nadie se le ocurre poner cercos a la felicidad. La alegría, la felicidad, las sonrisas, son emociones también y, de igual modo que aceptamos la alegría como emoción en los niños, debemos aceptar el enfado como emoción.

Un niño que se enfada no se está portando mal, sino que está mostrando sus emociones y, que me corrijan si me equivoco, pero exteriorizar las emociones y explicar lo que se siente es una de las actitudes y aptitudes más sanas que existen (¿no os suena la frase “no te lo guardes para ti, que cuanto más guardes, más bola se hará, y un día reventará”?).

Ahora bien, un niño puede enfadarse dejándonos de hablar, yéndose por iniciativa propia a su habitación, explicándonos lo que siente a su manera o, si aún es pequeño para saber gestionar dicha emoción, gritando, pataleando y pegándonos.

¿Se está portando mal cuando hace esto? Bueno, no es que se esté portando mal, es que está exteriorizando su rabia de la única manera que sabe. Nosotros, como padres, debemos tratar de enseñarle una vía alternativa para explicarnos su enfado.

Dicho de otro modo, debemos permitir que se enfade y que nos lo comunique, pero no que lo haga pegándonos, gritándonos o mordiéndonos. Para ello, evidentemente, debemos actuar en consecuencia y no utilizar los gritos ni los cachetes. No tiene sentido que queramos que nuestros hijos se comporten mejor de lo que nosotros nos comportamos con ellos.

Las etiquetas

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“Llámame malo y seré malo, llámame bueno y seré bueno”. Esta frase tan simplista resume un tema muy interesante (que merecería una entrada, sin duda) como es el de las etiquetas.

Una etiqueta es un adjetivo que ponemos a nuestro hijo que se convierte en estándar de su modo de ser. No tiene que ver tanto en lo que hace, sino en como es.

Es habitual (demasiado), que hablemos de los niños en su presencia: “sí, éste se porta muy bien, pero éste otro es un bicho”, son frases que casi todos los niños escuchan de sus padres cuando hablan con otras personas adultas.

El niño que escucha que es malo, que se porta mal y que es travieso acaba por creer que realmente lo es y por lo tanto actúa en consecuencia.

El niño que escucha que es bueno, atento, que comparte, etc., tiende a actuar de esta manera.

Evidentemente el comportamiento de un niño no depende única y exclusivamente del concepto que de ellos tengamos, sin embargo tiene más peso del que creemos.

Imaginad un niño que nunca comparte nada con su hermano menor. No le deja ningún juguete y un día decide permitir que su hermano juegue con uno de sus coches. Por la tarde, en el parque, un niño se acerca a Juanito para jugar con su pelota.

Podemos abordar la situación de varias maneras, a bote pronto se me ocurren dos: “Sí, Juanito nunca comparte nada, no insistas, hoy le ha dejado un coche a su hermano y yo diría que ha jugado con él porque no se ha enterado” o “No sé si Juanito querrá dejártela, pregúntale a él. Igual te la deja porque hoy le visto compartir un coche con su hermano”.

La situación es la misma, pero en una dejamos claro que Juanito es un perfecto “no compartidor” mientras que en la otra estamos diciendo que Juanito sí sabe compartir.

Cuando un niño escucha a otros hablar de él con adjetivos positivos, diciendo que es cariñoso, atento, capaz de jugar con sus hermanos, etc. los niños tienden a comportarse de esta manera. Si etiquetamos a un niño, el niño mirará la etiqueta para ver qué papel tiene que hacer.

Foto | Flickr – bionicteaching, hapal, Cia de Foto
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