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Hace unos días leí un texto de Marisa Hernando, educadora de Masaje infantil, titulado “El masaje infantil… y llegó la frustración“, que me gustó por sentirme identificado como padre.

Lo confieso, yo también soy un papá masajeador frustrado. Sé que no soy el único, pues muchos padres y madres explican también que el masaje infantil, más que un momento de relax, acaba provocando lo contrario, el “no relax”.

El masaje infantil, que suena a moda o novedad, se lleva a cabo desde hace siglos. Qué digo siglos, hay referencias de masajes a niños en Egipto y China de hace más de 3000 años. Los beneficios son innumerables, ya que supone un maravilloso estímulo para los bebés y para los papás, un aumento del vínculo afectivo (le conocemos mejor, sabemos qué le gusta, qué le disgusta, qué le relaja,...), una mejora sustancial de los patrones de sueño y de descanso y un largo etcétera (hasta ganan más peso que los niños que no reciben masajes).

Pero en ocasiones el resultado de ofrecer un masaje a nuestro bebé es muy diferente del imaginado y en vez de tener a nuestro hijo rendido a nuestras manos disfrutando de nuestras caricias nos encontramos con que tiene sueño, quiere comer, quiere jugar, le molesta que le tumbes, se gira para observar el entorno, etc.

En ese momento los padres acabamos pensando que “a mi niño no le gustan los masajes”, que “es muy pequeño”, que “es muy mayor”, que “él prefiere jugar”, que “es muy movido”,... y acabamos cediendo y decidiendo que probaremos en otro momento cuando “el mejor momento es Ahora, según explica Marisa.

No es que haya fracaso, sino que nuestros hijos actúan según sus deseos y necesidades y precisan, como todos, de un tiempo para acostumbrarse a un nuevo modo de comunicación, más físico e “invasivo”, como lo es el masaje infantil.

Esperamos como padres que con nuestras manos conseguiremos en un instante que nuestro bebé disfrute y esté quieto y sin embargo ellos nos muestran a nosotros sus capacidades, sus juegos, sus sensaciones ante la desnudez, ante el ambiente tranquilo y ante nuestra cercana presencia y lo que se suponía que iba a ser una sesión en la que nosotros los padres íbamos a utilizar nuestras capacidades por el bien de nuestro hijo se transforma en una en la que ellos son los que nos muestran sus verdaderas capacidades.

Dicho de otra manera, los niños se convierten en maestros y aprovechan el momento en que estamos con ellos de manera exclusiva (sentados cara a cara con ellos) para mostrarnos un trocito de su vida y de su energía.

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Ante esta situación lo recomendable es, simplemente, disfrutar de ello y tener paciencia. “Todo tiene su ritmo y su tiempo, y hemos de saber respetar el de cada uno”, comenta Marisa.

Así, poco a poco, día a día, empiezan a disfrutar del momento y tras masajear un poco su pecho, te ofrecen los brazos para que continúes y así, poco a poco, día a día, los papás conocemos más a nuestros bebés. Nosotros nos comunicamos hablándoles y tocándoles y ellos lo hacen moviéndose, jugando y en algunos momentos, dejándose tocar.

Pensad en un animal asustado que permite poco a poco ser acariciado. No es que nuestros bebés nos teman, ni mucho menos, sino que tienen que conocer de manera paulatina las sensaciones que les brindamos al tocarles y tienen que sentir también que son capaces de “decirnos” cosas, aunque sea todo lo contrario a lo que esperábamos.

Más información | Okemakus
Fotos | Flickr (Marc van der Chijs), Flickr (valentinapowers)
En Bebés y más | Al bebé no le gustan los masajes, Vídeo: los beneficios de los masajes, Aprender a tocar al bebé, los masajes infantiles

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