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Bebé y verdura

El momento en que un niño empieza con la alimentación complementaria, a los seis meses, puede llegar a ser un auténtico agobio para muchos padres, que se ven ilusionados preparando la comida (“mi niño por fin comerá otras cosas”) para recibir después un auténtico rechazo de sus hijos.

Todos sabemos que lo ideal es que un niño coma de todo, es decir, variado, y ese es el objetivo de todo padre. Sin embargo, hay bebés que tienen muy claro lo que quieren y lo que no y, curiosamente, lo que menos suelen querer es la fruta y la verdura. Vamos a explicar hoy qué se puede hacer si estamos en esta situación, temiendo (nosotros y el bebé) el momento de coger la cuchara.

No obligar a comer

Lo primero que hay que tener en cuenta es que no tenemos que obligar a los niños a comer fruta y verdura y, de hecho, ningún alimento. El objetivo a los seis meses es que los bebés empiecen a comer otras cosas que no sean leche, básicamente porque su alimentación durante el resto de la vida va a ser esa, variada, y no basada en leche.

Como la idea es que poco a poco vayan probando nuevos alimentos, texturas y sabores, y la gracia está en que disfruten probando y aprendiendo, no podemos convertir el momento de comer en un martirio para un niño, obligándole a comer, poniéndonos nerviosos y poniéndole nervioso. No, porque lo único que conseguiremos es que llegue un momento en el que no quiera ni probar lo que le vas a dar (“Oblígame a hacerlo y acabaré por odiarlo”).

Sobre esto yo siempre explico que odio bastante el pollo asado, pero es psicológico. Puedo comer pollo a la plancha o rebozado y me encanta, pero si toca pollo asado, yo me pido otra cosa, por favor. La razón es que en mi infancia comí pollo asado todos los domingos de Dios, y acabé por aborrecerlo. No fue obligación directa, pero no había otra cosa que comer. Tanto fue el cántaro a la fuente que al final se rompió.

Entonces lo ideal es preparar la verdura con el pollo y darle lo que quiera. Si no está cabreado, si aún tiene curiosidad, abrirá la boca. Tras la primera cucharada puede decidir que con esa ya hay suficiente o que acepta una segunda. Si pone una cara de qué horror y no quiere más, podemos optar por repetir la receta en días posteriores o por cambiar ingredientes por si encontramos una fórmula que le guste más (ahora hablamos de ello).

En cualquier caso, lo recomendable es que si cierra la boca o gira la cara no insistamos. Lo importante es que se sienta respetado, que sienta que puede decidir cuándo empezar y cuándo acabar, pues si siente que no tiene el control, que le vais a obligar, ni siquiera querrá que os acerquéis con una cuchara. Es como cuando viene el típico comercial de la electricidad a la puerta de tu casa a empezar a pedirte facturas e historias para hacerte una oferta que no podrás rechazar. Yo ya ni abro, porque sé que insistirá e insistirá y sé que tendré que defenderme. Y quién sabe, quizás hasta tenga una buena oferta, pero como muchas veces lo que hacen es tratar de engañarte, ya no me arriesgo.

¿Repetir la receta?

Os acabo de decir que a la primera cucharada igual pone cara de “esto sabe a rayos” ¿y os recomiendo repetir la receta? Pues sí, quizás sí, porque varios estudios han concluido que la aceptación de los alimentos está muy relacionada con el número de exposiciones al mismo, o lo que es lo mismo, que cuantas más veces pruebe un niño algo más fácil es que le acabe gustando. De hecho, hasta se han cuantificado las pruebas necesarias, y dicen que un alimento tiene que ser probado entre 10 y 15 veces para ser bien aceptado, o para ser rechazado finalmente (yo ya puedo probar mil veces las aceitunas, que os aseguro que seguirán sin gustarme).

Un ejemplo de esto es la cerveza. La primera vez que la probé me supo a meados fríos, pero ya se sabe, adolescente con pocos medios que se adentra en el mundo del alcohol y la fiesta con los amigos igual a tomar cerveza, aunque no te guste. Pues bien, a medida que la fui probando más veces le fui cogiendo el gustillo y hasta acabé disfrutando de ella (vamos, que me gusta, aunque ya no bebo).

A lo que iba, podéis ir repitiendo la receta en varias ocasiones, o podéis también ir jugando con los ingredientes, quitando unos y poniendo otros, para hacer la cosa más variable, si creemos que así le gustará más o lo aceptará mejor.

El ejemplo es primordial

Bebé y fruta

Es absurdo quejarte de que tu hijo no come verdura o fruta si tú no la comes tampoco. Hay padres que no la prueban y que sólo la compran para darla a los hijos. Claro, en ese ambiente, en ese entorno, el niño puede acabar por quejarse de la situación: ¡cómo puedes decirme que me la coma si tú no te la comes!

Cuando son bebés no hacen esta reflexión, pero si estamos comiendo verdura y fruta delante suyo es muy posible que quiera probar de nuestro plato. Con esto quiero decir que sí, que lo ideal es comer con los niños en el mismo sitio y a la misma hora. Si él come primero y nosotros después, nunca tendrá un ejemplo al que imitar y del que aprender.

¿Probamos con un poco de leche?

Sabemos que la leche le gusta, pero parece que la fruta y la verdura no tanto. Pues podemos probar con añadir leche al triturado. Puede sonar raro, pero no lo es tanto. La leche es un sabor que ya conoce, así que puede ayudar un poco a que su paladar no se queje tanto por la extrañeza de los nuevos sabores. Si toma leche materna, hay que sacarse un poco de leche (mejor no dar leche artificial, si no la ha probado, por el riesgo de alergia), y si toma fórmula, pues se prepara un poco y se echa en la papilla.

¿Y a trozos?

La otra opción es darle trozos, que muchas veces es la más factible porque así nuestro ejemplo es mucho más válido y porque así puede hacer lo que más sirve a los niños para aprender: robarnos la comida. Podemos darles ensaladilla rusa con carne picada para que vaya cogiendo lo que quiera con los deditos, podemos darles brócoli, zanahoria hervida, judías, patata,… y fruta cortada en láminas (en tacos no, que hay peligro de asfixia). Es increíble ver a niños que no quieren ni ver una papilla de fruta comiendo una mandarina o un plátano con avidez porque lo que querían era que no estuviera triturado. Igual esto no sucede con 6 meses, pero quizás sí suceda más adelante.

Resumiendo

Paciencia, todo es cuestión de paciencia. Cuesta dejar la leche, que está bastante buena, para cambiarla por sabores que tampoco es que sean los más sabrosos. Si lo hacemos todo con naturalidad, ofrecer y retirar, sin insistir más en los alimentos que creemos que son más sanos, sino ofreciéndolos todos con el mismo ímpetu, los niños no se sienten forzados a comer nada (“si me obligas tanto, si insistes tanto, muy bueno no tiene que estar”) y pueden ir comiendo de todo cuando les apetece (unos días comen más verdura, y otros menos, pero comen).

Además, no debemos hacer de la comida una cuestión emocional. Puede ser que hagamos la comida con mucha ilusión o mucho amor, pero no podemos sentirnos heridos si nuestro hijo la rechaza porque no es a nosotros a quien rechaza, sino a la comida, que puede parecerle horrible, por mucho amor que nosotros hayamos puesto. Hay otras maneras de dar amor a nuestros hijos y ellos prefieren demostrárnoslo de otras maneras.

Fotos | deanwissing, devinf en Flickr
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